Elecciones en Perú 2026: balance del debate de candidatos
Alejandro Narváez Liceras
El debate presidencial no retrató al Perú que sufre, retrató, más bien, a unos aspirantes a hacer política que todavía creen que un país roto puede repararse con frases huecas. En el ciclo de debates presidenciales organizado por el Jurado Nacional de Elecciones, desfilaron candidatos con entusiasmo de campaña, pero con una preocupante escasez de rigor y profundidad cuando tocó explicar cómo van a generar trabajo digno, reducir la pobreza, enfrentar el hambre y achicar la desigualdad en un país donde el problema no es la falta de discurso, sino la falta de Estado, de estrategia y de verdad.
Y conviene comenzar por el país real, no por el país imaginario de los sets televisivos. En 2025, la pobreza monetaria ronda el 30% de la población peruana, es decir, 10 millones de personas, el 70,7% de la PEA ocupada con empleo informal, el 45% subempleada, es decir, millones sobreviven más que viven. Por tanto, hablar de “emprendimiento” sin hablar de productividad, protección social, seguridad, crédito e infraestructura es, en el mejor de los casos, ingenuidad, y en el peor, propaganda barata.
Desarrollo de los “debates”
La derecha llegó al debate con un libreto conocido: el culpable de casi todo sería el Estado. Demasiados trámites, demasiadas licencias, demasiados obstáculos para el que quiere hacer negocios. En esa línea, varios candidatos insistieron en la simplificación administrativa, la eliminación de barreras burocráticas, la formalización exprés de pequeñas empresas y la expansión del crédito para pymes.
El mensaje fue claro: menos Estado, más mercado, menos regulación (Laissez-faire”, dejar hacer, dejar pasar). Es una narrativa de un modelo caduco y fracasado (véase Informes del Foro de Davos referido al reseteo de la economía mundial). Es verdad que aparato público peruano sí es lento e ineficiente, pero también tiene el discurso mucho de cómodo, porque evita discutir por qué esa “macroeconómica sólida” del que tanto hablan no resolvió ni la precariedad laboral ni la desigualdad creciente.
La izquierda y la centroizquierda, por su parte, llegaron con un diagnóstico más estructurado y, en varios pasajes, más cercano a la realidad social del país. Insistieron en que el problema peruano no se reduce a una ventanilla que demora o a un permiso municipal que estorba, sino a una economía concentrada, primario-exportadora, informal y territorialmente fracturada.
Hablaron de Mypes, industrialización, productores agrarios, descentralización y poder económico. En el plano del diagnóstico, varios de ellos lucieron más conectados con la raíz del problema. Pero cuando tocó pasar del malestar al programa, también aparecieron sus límites, sobraron consignas de justicia y faltaron instrumentos concretos, metas cuantificables y hoja de ruta.
Cuando siete de cada diez ocupados siguen atrapados en la informalidad, el verdadero desafío no es únicamente “abrir más negocios”, sino construir una economía capaz de sostener empleo formal, productivo y mejor remunerado. La formalización no se decreta con una APP ni se consigue solo reduciendo trámites, exige una política productiva, acceso al financiamiento, seguridad frente a la extorsión, mercados más integrados y un Estado que no llegue siempre tarde y mal.
En el tema de la pobreza y la desigualdad, el debate quedó claramente en deuda. Se habló bastante de
Si algo reveló el debate fue también el nivel desigual de preparación de los candidatos. Algunos llegaron con cifras memorizadas, otros con tono encendido, otros con frases de impacto diseñadas para redes sociales. Pero gobernar no es viralizar una consigna. Gobernar exige tener claridad de los objetivos de política económica, conocer sus instrumentos y los objetivos finales de dichas políticas. También exige conocer, la crisis institucional, la debilidad de los gobiernos subnacionales, la crisis de seguridad, la baja productividad y el nuevo entorno internacional (la geopolítica). Y ahí es donde los candidatos han mostrado sus grandes limitaciones y pobreza intelectual.
¿Alguien ganó?
Si se mide el debate por el rigor y profundidad, no hubo ganadores. Si se mide por centralidad mediática y preservación de protagonismo, la derecha volvió a ocupar el centro del escenario. Eso no significa necesariamente que haya presentado las mejores propuestas, sino que sigue dominando el lenguaje político de la campaña: seguridad, inversión, orden, trámites, empresa. La izquierda, en cambio, logró por momentos una crítica más estructurada al modelo, pero sin convertir ese diagnóstico en una alternativa de poder plenamente creíble ante un electorado cansado, desconfiado y fragmentado. Podríamos decir, que hubo un empate mediocre.
En ese sentido, los perdedores reales no fueron solo los candidatos, el gran perdedor volvió a ser el país. El Perú necesitaba escuchar cómo se piensa reducir la pobreza a un ritmo sostenido, cómo se va a enfrentar el hambre sin clientelismo, cómo se formalizará sin destruir pequeños ingresos, cómo se elevará la productividad y cómo se construirá una visión nacional al 2030. En lugar de eso, recibió una mezcla desigual de marketing electoral, verdades a medias y recetas recicladas, y mucho bla, bla, bla. Faltó estatura, falto aspirantes serios a gobernar a un país herido y sin rumbo.
Conclusiones
El balance del debate presidencial de 2026 es, por tanto, incómodo pero nítido: hubo más táctica electoral que visión de país, más reflejo ideológico que propuesta integral, y más voluntad de golpear al adversario que de explicarle al ciudadano cómo se reconstruye una nación fracturada.
Al final, el debate dejó una lección severa. No siempre el que más promete está más preparado, ni el que más grita tiene más país en la cabeza. Y el Perú, exhausto de improvisación y de gobernantes mediocres, ya no necesita candidatos que hablen bonito, necesita estadistas que entiendan por qué el presente sigue siendo una deuda social insoportable.
* Doctor en Ciencias Económicas y Profesor Principal de Economía Financiera en la UNMSM. Actual director del II&EE