Delcy Rodríguez se excede en sus concesiones a Washington

Steve Ellner – CounterPunch/Rebelión

La imagen de la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, posando sonriente junto a Trump en un hotel de Manhattan el 22 de septiembre fue demasiado para algunos de quienes hasta entonces la habían apoyado. Para el izquierdista español Juan Carlos Monedero, firme defensor de Hugo Chávez, Maduro y, en un primer momento, de la propia Rodríguez, su aparición en Nueva York “chocaba con el discurso socialista y antiimperialista que hasta entonces había caracterizado a su movimiento”.

Poco antes del encuentro, Rodríguez eludió la pregunta de un periodista sobre si visitaría al presidente venezolano Nicolás Maduro, encarcelado en Brooklyn. Su decisión de mantenerse alejada de Maduro es coherente con su intento de trazar un nuevo rumbo para Venezuela.

Rodríguez asumió la presidencia interina tras la sangrienta incursión militar estadounidense del 3 de enero de 2026, que culminó con el secuestro de Maduro y de la primera dama, Cilia Flores. Ante la amenaza de un segundo ataque militar aún más devastador, Rodríguez dio un marcado giro hacia Washington en materia de política exterior y petrolera, al tiempo que reestructuró la administración pública y las Fuerzas Armadas, en detrimento de algunos chavistas firmemente identificados con el legado de Hugo Chávez.

La estrategia de Rodríguez va demasiado lejos

La estrategia de Rodríguez desde un principio consistió en demostrar que no se sometía cobardemente a los dictados de Washington ni actuaba como colaboracionista al estilo de la Francia de Vichy. Su adhesión sin reservas a las políticas impulsadas por Washington busca disipar cualquier impresión de que está cediendo a las presiones estadounidenses. En muchos asuntos fundamentales, Rodríguez ha llegado a ser más papista que el Papa en su relación con Trump, sin renunciar a la etiqueta chavista. Poco después del 3 de enero, Rodríguez afirmó que “no hay ningún agente externo” gobernando Venezuela, una afirmación que Diosdado Cabello, el número dos del chavismo, secundó de manera poco convincente al asegurar que “no dependemos de nadie”.

Desde otra perspectiva, los analistas que respaldan a Rodríguez sostienen que la presidenta interina no tiene margen de maniobra alguno ante las amenazas estadounidenses. O se somete a los dictados de Washington o se expone a bombardeos masivos y/o al retorno del antiguo régimen.

Sin embargo, existen pruebas de que Rodríguez dispone de cierto margen de maniobra, aunque limitado, que ha optado por no aprovechar plenamente. Lo cierto es que Trump está firmemente comprometido con su alianza con ella.

Trump tenía buenas razones para reconocer a Rodríguez en lugar de a la dirigente derechista María Corina Machado – para gran decepción de los halcones anticomunistas de Miami. Un informe confidencial de la CIA, solicitado por la administración Trump antes del 3 de enero, advertía que la oposición venezolana carecía de respaldo tanto en las Fuerzas Armadas, de orientación chavista, como en los cuerpos policiales. La conclusión era evidente: entregar el poder a Machado era una receta para el caos, cuando no para una guerra civil.

Trump ha asimilado la evaluación del Pentágono, que calificó de “desastre absoluto” la política de “desbaazificación” aplicada tras la invasión estadounidense de Irak, a la que se atribuye el interminable conflicto fratricida que ha azotado a ese país. Trump ha invocado reiteradamente el fiasco iraquí al referirse al gobierno de Rodríguez. En una rueda de prensa, señaló, en alusión a Venezuela: “Recuerden lo que pasó en Irak, donde despidieron a todo el mundo… ¿Y saben en qué se convirtieron? En el Estado Islámico (ISIS). Y no queremos que eso vuelva a ocurrir”.

Además, la decisión de reconocer a Rodríguez en lugar de Machado no fue producto de un capricho, sino el resultado de meses de cuidadosas deliberaciones en las más altas esferas de la administración Trump. Ahora, el mandatario presenta su alianza con Rodríguez como uno de sus grandes éxitos, en un momento en que tiene muy pocos logros de los cuales presumir. Por tanto, es poco probable que Trump le dé la espalda a Rodríguez tan fácilmente. En definitiva, Rodríguez cuenta con cierto margen de maniobra.

¿Cuánto margen de maniobra tiene?

El movimiento chavista bajo el liderazgo de Rodríguez ha retrocedido en lo que históricamente ha sido su principal bandera: la defensa irrenunciable de la soberanía nacional. Cabe reconocer que su dirigencia sigue presentándose como adversaria de las élites tradicionales y defensora de las unidades de producción colectiva conocidas como “comunas”. Sin embargo, estos aspectos positivos resultan insuficientes para un movimiento que en su momento despertó tantas expectativas. Sin perder de vista las realidades políticas, Rodríguez podría, al menos, haber mantenido una postura más neutral frente a cuestiones que comprometen la soberanía nacional.

Uno de los casos más preocupantes fue la colaboración de Venezuela en la ejecución extrajudicial de Niño Guerrero, líder de la organización criminal Tren de Aragua, mediante un ataque con misiles del Comando Sur de Estados Unidos en el estado Bolívar, en junio de 2026. El gobierno venezolano, que proporcionó información de inteligencia al Comando Sur, emitió un comunicado en el que manifestó: “Felicitamos la labor de todos los funcionarios y organismos de seguridad e instituciones que participaron en esta exitosa operación”. Con ello, Caracas contribuyó a dar credibilidad a la falsa narrativa de Trump que equipara a los narcotraficantes con terroristas. Como mínimo, el gobierno de Rodríguez podría haberse mantenido al margen de la operación y haber adoptado una postura pública neutral.

Igualmente llamativa fue la destacada presencia de militares israelíes, entre ellos el general de brigada Elad Edri, alto oficial del Ejército, en una reunión formal de despedida celebrada el 21 de julio. Durante la cual Rodríguez agradeció a Israel su colaboración en las labores de asistencia tras los terremotos que sacudieron Venezuela el 24 de junio. La participación de militares estadounidenses e israelíes en las operaciones de recuperación provocó objeciones por parte de movimientos sociales chavistas, como la emblemática Coordinadora Simón Bolívar, arraigada en la comunidad caraqueña del “23 de enero”. Lo que más rechazo suscitó fue la ostentosa presencia de efectivos militares de ambos países, simbolizada por una polémica fotografía en la que aparece Diosdado Cabello, visiblemente sonriente, estrechando la mano del jefe del Comando Sur estadounidense, Francis L. Donovan, quien había dirigido la incursión del 3 de enero. Este fue, por tanto, otro ejemplo de cómo la dirigencia chavista ofreció a Washington un grado de respaldo que iba mucho más allá de lo que exigían las circunstancias.

Otro ejemplo de hasta dónde ha llegado Rodríguez en su acercamiento a Washington es su disposición a aceptar la participación del Pentágono en la industria petrolera venezolana. El mega acuerdo petrolero alcanzado entre Washington y Caracas a finales de agosto otorga al Pentágono una participación accionaria del 35 % en la empresa matriz de NABEP, encargada de explotar 17 campos petroleros venezolanos, cuyas reservas equivalen a casi el 150 % de las reservas probadas de Estados Unidos. Esto significa que el aparato militar estadounidense pasaría a ser copropietario de una empresa que opera en un sector tan estratégico de la economía venezolana.

Sin embargo, no existen precedentes de una participación accionaria de esta naturaleza por parte del Pentágono, cuya legalidad, además, resulta cuestionable. El analista venezolano Phil Gunson, quien ha recibido información detallada sobre el acuerdo, declaró al diario The Guardian que las grandes compañías petroleras “están preocupadas por las irregularidades”. Desde la óptica de los intereses venezolanos, la participación del Pentágono en la industria petrolera del país tiene poco sentido.

Desde la perspectiva del Pentágono y de su homólogo israelí, la postura conciliadora de Rodríguez podría interpretarse como un triunfo frente a la histórica actitud desafiante del chavismo, e incluso como una oportunidad para saldar viejas cuentas. En enero de 2000, Chávez rechazó una importante operación de ayuda humanitaria que el mismo Comando Sur estadounidense se disponía a enviar para atender las consecuencias de las catastróficas inundaciones que habían devastado el estado Vargas el mes anterior. La decisión de Chávez supuso un desaire para el Pentágono, por no decir una humillación.

En la misma línea, Roni Kaplan, portavoz de las Fuerzas Armadas israelíes e integrante de la misión de ayuda humanitaria de su país en Venezuela, declaró el 22 de julio a CE Noticias Financieras-English: “Es como cuando te peleas con alguien y esa persona viene a pedirte disculpas. Y cuando te dice que lo siente, tú le respondes: “Eso ya lo tengo olvidado”. Las palabras de Kaplan ponen de relieve, con particular claridad, hasta qué punto la postura de Rodríguez representa una ruptura con el pasado chavista.

¿En qué punto estamos?

Misión Verdad, una plataforma de análisis afín al chavismo, ofrece una lectura favorable de la estrategia de Rodríguez. Según su interpretación, el encuentro con Trump en Manhattan marcó el momento en que convergieron “la coerción asimétrica de Washington y la adaptación estratégica desplegada por el movimiento chavista”. Tanto para Trump como para Rodríguez, el objetivo era el mismo: “la estabilización… para reducir los costos políticos mediante el sacrificio de la ortodoxia ideológica”. Según Misión Verdad, esa asimetría “no anula la capacidad de acción del actor más débil, sino que modifica sus tácticas, desplazándolo de la confrontación abierta hacia la adaptación estratégica”.

La adaptación impuesta por esta asimetría de poder entre Washington y Caracas se resume en una consigna promovida por Diosdado Cabello: “Venezuela renace unida”. Despojado del lenguaje elocuente de Misión Verdad, el mensaje es que el chavismo debe romper con aspectos fundamentales de su pasado.

La adaptación es comprensible dadas las circunstancias del 3 de enero. Pero si el chavismo abandona la bandera de la defensa de la soberanía nacional, poco queda de lo que ha definido al movimiento. Y es precisamente a ese punto al que ha conducido la estrategia de ser “tan papista que el papa” a la hora de plegarse a las exigencias de Washington.

Esto no quiere decir que existan soluciones fáciles ni que una estrategia alternativa necesariamente vaya a dar resultados, sobre todo teniendo en cuenta la notoria imprevisibilidad de Trump. Tampoco significa que Rodríguez merezca ser demonizada o tachada de traidora, como lo están haciendo algunos sectores de la izquierda. Esa demonización subestima tanto la magnitud de los desafíos como el carácter excepcional de la situación y, al mismo tiempo, divide al movimiento de solidaridad. La relativa unidad de la dirigencia chavista ha sido una de sus principales fortalezas desde la muerte de Chávez en 2013, y esa misma unidad debe preservarse en el movimiento de solidaridad.

El problema es que Rodríguez tiene un margen de maniobra muy limitado, mientras que Trump dispone de numerosas opciones. Ni siquiera necesita repetir una operación como la del 3 de enero. Le basta con recurrir a la presión financiera. Casi todos los ingresos petroleros de Venezuela están depositados en una cuenta estadounidense bajo el control de Marco Rubio. A Rubio le basta con retener esos fondos o reducir los montos desembolsados cada vez que Rodríguez se aparte de los lineamientos de Washington.

Por si fuera poco, la administración Trump puede exigir en cualquier momento la convocatoria de elecciones presidenciales, en las que, a juzgar por lo ocurrido en otros países latinoamericanos, Washington no dudaría en intervenir directamente para favorecer a los candidatos de derecha.

Aun con esta realidad pesando sobre ella, Rodríguez y otros dirigentes chavistas han planteado dos exigencias fundamentales: la liberación de Maduro y Flores y el levantamiento de las sanciones, que siguen prácticamente intactas. Sin embargo, Rodríguez no ha colocado estas dos exigencias en el centro de su diálogo con la administración Trump – ni remotamente.

Ante las crecientes presiones desde Miami para que Venezuela establezca un calendario electoral, el argumento de que no puede haber elecciones bajo severas sanciones trasladaría a Washington la responsabilidad por cualquier retraso. La primavera pasada, el dirigente chavista Ernesto Villegas, entonces al frente del Programa para la Paz y la Convivencia Democrática del gobierno, abogó por unas “elecciones libres de sanciones”. Vincular explícitamente la celebración de elecciones con el levantamiento de las sanciones permitiría al gobierno de Rodríguez marcar cierta distancia frente a Washington, aun cuando el chantaje estadounidense restringe seriamente su capacidad para ejercer plenamente la soberanía nacional.

Esta es una versión ligeramente revisada de un artículo publicado originalmente en inglés en CounterPunch.

Steve Ellner es profesor jubilado de la Universidad de Oriente en Venezuela, donde residió por más de 40 años. Actualmente es Editor Asociado de Latin American Perspectives. Es autor de numerosos libros, entre ellos El fenómeno Chávez: sus orígenes y su impacto hasta 2013 (2014) y La izquierda latinoamericana en el poder: Cambios y enfrentamientos en el siglo XXI (editor, publicado por CELARG y el Centro Nacional de Historia, Caracas, 2018).