Cuatro años de IA: ¿dónde están los beneficios prometidos y quién responde por los peligros?

Walter Garcia – IPS

En noviembre se cumplen cuatro años del lanzamiento de ChatGPT, que popularizó la inteligencia artificial generativa, y desató una carrera tecnológica sin precedentes y trajo promesas extraordinarias: curar enfermedades, revolucionar la educación, resolver la crisis climática: el comienzo de una era de abundancia para toda la humanidad.

Desde entonces, las grandes empresas de la inteligencia artificial (IA) han atraído inversiones gigantescas y desarrollado sistemas cada vez más sofisticados. Sin embargo, los beneficios tangibles para el bienestar colectivo siguen estando muy lejos de las expectativas anunciadas.

La paradoja es que los mismos empresarios que prometen transformar el mundo están constantemente advirtiendo que sus tecnologías podrían llegar a provocar la extinción de la humanidad.

Y mientras se acumulan los incidentes que revelan deficiencias en sus mecanismos de control, insisten en presentar el avance de la IA como algo inevitable, como si sus riesgos fueran parte natural del progreso y no una responsabilidad de quienes diseñan, desarrollan y comercializan esos sistemas.

Promesas y resultados

Existen avances innegables. Los modelos pueden traducir, programar, trabajar textos y realizar muchas tareas intelectuales a velocidades impresionantes. Pero hacer más rápidas ciertas actividades no equivale a transformar la educación, la salud pública o las condiciones de vida de la humanidad.

La educación ofrece un ejemplo claro. Las grandes empresas tecnológicas han prometido una revolución educativa gracias a la IA, con tutores personalizados para cada estudiante y oportunidades de aprendizaje sin precedentes.

Pero los resultados PISA 2025, publicados en septiembre, muestran un deterioro importante en los niveles de rendimiento de los estudiantes de los países de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), mientras un 46% de los estudiantes declara usar chatbots (asistentes de IA) por lo menos una vez por semana para aprender.

Esto no significa que la IA sea responsable de ese deterioro, pero cuatro años después del lanzamiento de ChatGPT, con una creciente disponibilidad y un uso generalizado de estas herramientas, la revolución educativa prometida no se refleja en los resultados.

Tampoco se han visto transformaciones comparables en la salud pública, el cambio climático o la prosperidad económica que puedan atribuirse a los grandes modelos de IA de propósito general como ChatGPT de OpenAI, Claude de Anthropic o Gemini de Google, diseñados para realizar una amplia variedad de tareas en lugar de resolver un problema específico.

Curiosamente, algunos de los resultados más impresionantes de la IA proceden de sistemas especializados, no de modelos que lo hacen todo: la predicción de estructuras de proteínas con AlphaFold, la detección de cáncer de mama o los pronósticos meteorológicos. Se trata de aplicaciones desarrolladas para resolver problemas concretos.

¿Es realmente necesario que un único modelo conozca toda la literatura universal, escriba como William Shakespeare, resuelva problemas matemáticos complejos, programe aplicaciones y sea un gran maestro de ajedrez?

Las cifras de esta carrera tecnológica de la IA son difíciles de imaginar, se habla de cientos de miles de millones: según el AI Index 2026 de Stanford, alcanzó 582 000 millones de dólares en 2025, más del doble que el año anterior. Y a eso se suman los enormes costos energéticos, de agua y ambientales de la infraestructura que necesitan.

Nadie discute el enorme potencial de la IA, pero los resultados obtenidos hasta ahora están lejos de justificar las expectativas que acompañan los enormes recursos destinados a desarrollar sistemas cada vez más grandes y poderosos.

Y al mismo tiempo, los principales responsables de esta carrera advierten constantemente sobre los riesgos que podrían amenazar la supervivencia misma de la humanidad.

Aún tomando estos escenarios como poco probables, hay problemas de seguridad que ya son reales.

En julio, agentes autónomos de inteligencia artificial de OpenAI consiguieron eludir las restricciones de su entorno de pruebas, acceder a internet sin autorización y comprometer parte de los sistemas de seguridad de su propia empresa y de la plataforma Hugging Face. En junio un agente de OpenAI accedió sin autorización a un portal de salud del gobierno de Australia.

Son episodios que evidencian fallas concretas en los mecanismos diseñados para controlar las acciones de estos sistemas, incluso en áreas de prueba dentro de la propia empresa.

Y a pesar de eso, se insiste constantemente en presentar estos desarrollos como inevitables, inherentes al poder de esta tecnología.

¿Es realmente inevitable?

Pensemos en algo cotidiano como el suministro de agua potable. Su calidad debe cumplir normas estrictas de seguridad, verificarse mediante análisis periódicos y someterse a controles independientes de las autoridades sanitarias. Cuando se detectan incumplimientos, se deben adoptar medidas correctoras y pueden imponerse restricciones y sanciones.

O pensemos en una empresa farmacéutica que pretendiera comercializar un medicamento sin haber superado las pruebas de seguridad exigidas. O en un laboratorio que experimentara con un virus peligroso y no consiguiera evitar que se escapara de sus instalaciones. O en los responsables de una central nuclear que no consiguieran controlar adecuadamente sus sistemas de seguridad.

Y que plantearan esos “efectos adversos” como un precio inevitable de la innovación y solicitaran miles de millones adicionales para construir sistemas todavía más potentes.

En ninguno de esos casos consideraríamos aceptable que los beneficios potenciales de esas tecnologías eximieran a sus responsables de prevenir daños, cumplir las exigencias de seguridad suficientes y asumir las consecuencias de sus fallos.

¿Por qué deberíamos aceptar una lógica diferente cuando se trata de inteligencia artificial, especialmente si sus propios desarrolladores advierten sostenidamente de riesgos que podrían amenazar la supervivencia de la humanidad?

Toda nueva tecnología entraña riesgos y no se trata de exigir una seguridad absoluta, pero es necesario establecer quien debe evaluar esos riesgos, que limites son aceptables y quien responde cuando las medidas de seguridad fallan.

¿Realmente tenemos que esperar un Chernóbil de la inteligencia artificial para pedir responsabilidades reales a los gigantes tecnológicos?

La inevitabilidad tecnológica no es una ley natural. Detrás del desarrollo de esos sistemas hay decisiones humanas: cuánto invertir y dónde, que capacidades desarrollar, cuando comercializar estas aplicaciones, que riesgos aceptar, que medidas de seguridad exigir.

Y quienes toman esas decisiones deben responder por sus consecuencias.

Todo este debate tiene especial importancia en los países del sur global, que tienen poca influencia sobre las decisiones de las grandes empresas tecnológicas y se pueden ver afectados por sus consecuencias y por la creciente concentración de recursos y poder económico.

Pensemos en el creciente rechazo a la instalación de centros de datos por su consumo de agua y electricidad en los países del norte global. En los países del sur también hay resistencia, pero existen menos defensas frente a gobiernos que compiten por atraer inversiones y frente a las presiones de las empresas tecnológicas.

¿Cuánto más tendremos que esperar?

Es claro que las capacidades técnicas de la inteligencia artificial son impresionantes, pero sus grandes promesas de transformación social siguen pendientes.

En estos cuatro años, las empresas de IA han encontrado tiempo y recursos para muchas cosas, pero no para las grandes promesas que anunciaron.

Han facilitado que internet se inunde de textos, imágenes y vídeos de escaso valor (lo que se conoce como AI slop o basura digital), y otros claramente dañinos como deepfakes (ultrafalsos) sexuales sin consentimiento.

Las herramientas permiten fabricar y difundir desinformación a gran escala, y a costos bajísimos, facilitando las campañas de manipulación, erosionando la confianza en la información y distorsionando el debate público. Su tecnología ya guía drones de guerra y alimenta sistemas de vigilancia y reconocimiento facial.

Los riesgos potenciales son enormes, las fallas de seguridad ya están teniendo consecuencias reales. Las inversiones continúan creciendo, el consumo de recursos aumenta y la industria insiste en que el desarrollo de sistemas cada vez más poderosos es inevitable.

La posibilidad de obtener beneficios extraordinarios en el futuro no justifica cualquier riesgo o costo económico, ambiental o social en el presente. Y mucho menos exonera de responsabilidad a quienes desarrollan, controlan y comercializan esas tecnologías.

Cuatro años después, las promesas siguen pendientes, pero los costos y los riesgos ya son reales.