La única FIFA que nos bombea es Milei

(Xinhua/Martín Zabala)

Eduardo Aliverti

Uno tiene que escribir su columna de opinión sobre cierto tema claramente dominante en la agenda publicada, y es muy probable que en la pública también, cuando resulta que su opinión es que el tema no le parece una tontería, pero casi. Resuelve, entonces, proponer el intento de preguntar si acaso las cosas no serán más fáciles de discernir que lo observado por tantos que las complican.

Esto no implica subestimar, ni muchísimo menos, lo que Ezequiel Fernández Moores define como la fiesta de los tiburones del algoritmo. “La posverdad y el negocio de los contenidos breves borraron los minutos de juego, para reemplazarlos por narrativas fabricadas a medida del consumo rápido”.

Desde allí se estructuró, con base en prejuicios existentes pero, sobre todo, gracias a campañas de odio coordinadas por sitios que los especialistas puntualizaron en numerosos artículos al alcance de un click, la repulsa digital y casi universal respecto de “los argentinos”.

Se sumaron a ello referentes mediáticos, artísticos, incluso intelectuales, prendidos a que todo nuestro pueblo es asimilable al gobierno genocida de Israel. Los Milei y su cipayismo son el motor igual de execrable que esa equivocación.

Dicho eso, y a propósito de las dos horas de juego: la final dejó una impresión futbolística muy pobre de la selección argentina, al margen de su intachable espíritu de lucha. Quedó potenciada porque se venía de plasmar los mejores 30 minutos del Mundial, nada menos que pasándole por arriba a Inglaterra con una reacción inolvidable que -hoy semeja olvidado- era el match que había que ganar.

En rigor, como admite cualquier “entendido”, ese fue el único pasaje en que Argentina jugó verdaderamente bien en todo el certamen. Lo demás fueron arrestos de jerarquías individuales, golazos de media distancia y remontadas emocionantes contra equipos ídem de segundo nivel.

Hacemos, simplemente, una descripción elemental. No se pretende invadir terrenos de analistas y comentaristas del área, pese a que uno se salga de la vaina por hacerlo como futbolero de ley que se considera.

(Xinhua/Martín Zabala)

Sólo se dice que uno de los duelos más jodidos de asimilar, en el país donde el fútbol es una religión, es haber dejado una imagen fea precisamente en eso. En lo futbolístico, y en una final del mundo. Y que, en consecuencia, el campo quedó orégano para las teorías conspiranoides.

Reiterando una obviedad que, como tantísimas, termina no siéndolo vista la cantidad de gente prendida en fruslerías (sea que fuese sólo en el mundo dirigido de las redes, o que además incluya los conversatorios reales del cotidiano masivo), pasa que haber perdido no fue producto de una España inmensamente superior en el campo de juego. No.

Es porque amenazaron a las familias de los jugadores. Porque entró el FBI al vestuario. Porque nos cobraron “el trapo de Malvinas”. Porque algo raro tuvo que haber pasado como para no hilvanar una jugada, y así lo demostró la cara de velorio de los jugadores previo a salir a la cancha. Porque es imposible que se haya lesionado la zaga central, que Tagliafico terminara en una pierna y que a Messi no le llegara un solo pase limpio para descargar en compañeros bien distribuidos.

No. No es posible, y ni siquiera probable. ¿Por qué? Porque esto no es fútbol.

No es que la pelota puede picar de manera imprevista. No es que alguno de los once o de los veintidós se desconcentra en una instancia decisiva. No es que el mejor fue rodeado en zona por el rival, como para que no pueda tocarla. No. No es nada de eso. No hay casualidades ni causalidades técnicas. No hay jugadores más cansados que otros. No hay que te la tocan sin parar y que te desgastás. No hay que te calentás y se te salta la chaveta.

No. No existe nada de eso, sino que el fútbol, y mucho más en un Mundial, es la continuación de la guerra por otros medios. No hay distancias entre esa gansada sublime -a la que, empero, algún intelectual podría poner reparos- y la aparición del show de los conspiranoicos.

La estupidez puede asentarse porque, uno cree, es comodísimo mezclar Patria con balón e imaginar, justamente, conspiraciones planetarias.

Pablo Alabarces, sociólogo y uno de nuestros mejores ensayistas en materia de culturas populares y futbolísticas, viene hablando y escribiendo acerca de eso y, en particular, luego de la final perdida y de la “campaña antiargentina en el exterior”. Esa figura cuya sola mención da un asco profundo, que de inmediato remite a Videla y que previene sobre que no aprendimos nada. O eso pareciera.

Después, o antes, o a la par, todo eso se retroalimentó con los loros mediáticos oficiales que no pararon de trastabillar frente al papelón siempre cipayo de sus libertaristas comandantes.

El pedazo de sábana con la inscripción de que las Malvinas son nuestras fue un punto de quiebre. Los descolocó. Entre el triunfo contra Inglaterra y la final con España se produjo el hecho memorable del posteo de Milei, como expresión suprema de terrorismo sintáctico y semántico, dejándole a los jugadores la decisión de decretar feriado nacional.

Luego arribó algo más obsceno todavía, que pretende ubicar a nuestra marioneta presidencial en lo que Martín Granovsky describió como la bobería de entrar a una pelea sobre la argentinidad para que Milei sea el Galtieri de turno, a fines de defendernos tras regalar el país.

Quien firma asume una larga lista de apuntes para refutarse a sí mismo. Todos son atendibles desde el escudriño político. Desde la “simpatía” analítica o emocional que despiertan. Desde que la FIFA es un entramado de negocios y corrupción descomunal, que forma parte inescindible de las oligarquías mundiales y a la que, con toda seguridad, no le caía amable un segundo título consecutivo de un país plebeyo contra tres combinados primermundistas que arribaron a semifinales. Tres europeos, siendo que Gianni Infantino necesita, quizás como el agua, que la UEFA le proporcione sus votos para reelegir.

Sin embargo, si al menos por un segundo hubiera frialdad de razonamiento, ¿tienen el poder de digitar que se desentendieran entre el arquero y uno de los laterales cuando el centro de Pedro Porro?

(Xinhua/Juan Manuel Foglia)

¿Lo tuvieron cuando el fútbol recordó que tantas o la mayoría de las veces es cuestión de centímetros, y cuando Simeone la tiró por arriba al borde de los tres palos, en los últimos segundos que habrían conducido a los penales para que ahora estuviéramos hablando de los héroes, quizás campeones, que nunca te dejan a pata, aunque en casi dos horas no patearon al arco?

No. Acá estamos con disquisiciones, y vaya si sensatas muchas de ellas, en torno a que no somos racistas. A que el racismo lo constituyen, primero e indesmentiblemente, las potencias de raíz colonialista. A que Argentina es uno de los países más integradores del mundo. A que, en todo caso, nuestro racismo es el antiperonismo. A que somos arrogantes pero, aunque sea, desobedientes, conflictivos, protestones callejeros, inconformistas permanentes, y no como otros de tradición sumisa.

Está bueno eso. Bienvenido sea que se recree el “debate” sobre nuestras particularidades históricas, formativas, de orgullo “nacional” bien que, también cabe admitirlo, podríamos aspirar a que no sólo se refleje cuando se disputa un partido, o “el” partido.

Pero, ¿podríamos ponernos de acuerdo en que esto es la estela que deja el Mundial, y en que durarán un suspiro Samuel Jackson, y el dedo que metió mal Rosalía, y Varoufakis, y los latinos que hincharon por Inglaterra y España?

Vamos.

Objetivamente, la pasamos bárbaro y juntos con sufrimiento y goce. Saltamos de los titanes a los entregados o apretados, en cuestión de horas. Ahora sólo quedaría hacer turismo interno o vacacionar en Bangladesh, Escocia, Irlanda, Bolivia, Perú, China y no mucho más, porque de lo contrario nos esperan -para la eternidad- multitudes enardecidas de europeos, chilenos, mejicanos, uruguayos y colombianos, entre otros a más de españoles específicamente, dispuestos a masacrarnos apenas nos descubran el acento. Cuidado: hay una ola antiargentina ecuménica y violenta.

Increíble. No porque lo sea, sino porque, tal vez, es el mejor término instantáneo para reaccionar ante tamaño delirio.

Lo que queda es Milei, señoras y señores. Esa, ése, su modelo, sus mandantes, señalado con toda conciencia de su panfletarismo descriptivo, es la auténtica FIFA que nos bombea.

Lo demás es para quienes, subrayado, confunden Nación con Selección. Pelota con soberanía, sin perjuicio del conmovedor banderazo por Malvinas. Y patriotas con fachos, tilingos y entreguistas.