Maximiliano Pedranzini|

Venezuela vive momentos de profunda incertidumbre como país en 18 años de Revolución Bolivariana, equiparándose con el intento de golpe de Estado del 11 de abril de 2002 que amenazó al Gobierno constitucional presidido por el comandante Hugo Chávez y, en consecuencia, al proceso democrático venezolano.

La situación intenta repetirse con un clima de inestabilidad social y política que ha trascendido las fronteras nacionales, repercutiendo con un fuerte eco en toda la región y la comunidad internacional que pretende oírse como una si fuera una explosión que pone en peligro a la sociedad, o por lo menos es lo que quieren hacer sentir los medios de comunicación hegemónicos que siguen pintando a la nación bolivariana como una dictadura militar conducida por un partido político de civiles y, peor aún, como un escenario de posible guerra, al son de lo que ocurre en otras latitudes del mundo como Siria y Corea del Norte, donde no por casualidad han sido tildados en el comienzo de este siglo como el “Eje del Mal”.

Ergo, para Washington y el Complejo militar-industrial Venezuela -desde que es gobernada por Chávez- es parte de este Eje del Mal que la tiene como su sucursal en Latinoamérica. Razón por la cual Estados Unidos ha previsto una invasión militar a gran escala, tal como lo afirmara ante la Comisión de Servicios Armados del Senado estadounidense el Almirante y jefe del Comando Sur Kurt Tidd el pasado 6 de abrily por la que países como Rusia, China e Irán han anunciadoel envío de tropas y armas como apoyo a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB)paraevitar cualquier contingencia que pueda presentarse, máxime en la frontera con Colombia, por lo que ha tenido que movilizar un gran número de soldados hacia esa zona.

Esto sumado al proceso de salida de la OEA iniciado por el gobierno, que sin duda representa un gesto descarado para el Imperio, intensifican el desarrollo de una hipótesis de conflicto de esta magnitud no vista desde la segunda mitad del siglo XIX, que tendrá como potenciales actores de esta contienda a Colombia (país lindante que guarda tensiones de antaño con la nación venezolana), Brasil y Argentina. Los tres son aliados de Estados Unidos, y con el giro a la derecha que ha sufrido la región en estos últimos años, se han sumadoa esta nueva alianza golpista-neoliberal: Argentina, con la asunción del neoliberal Mauricio Macri en 2015; y Brasil, con el golpe de Estado contra la presidenta Dilma Rousseff pergeñado por Michel Temer del que se ha cumplido un año.

¿A dónde vamos con este análisis? Veamos. Este escenario de conflicto y destitución que amenaza a la democracia, no sólo abre una eventual intervención militar a gran escala por parte de Estados Unidos, sino que puede generar una guerra fratricida entre países de la región auspiciada por el Tío Sam. Así lo revelaa todas luces el reciente informe del Comando Sur enviado al Congreso de los Estados Unidosen el que se busca una “intervención multilateral” en el país, similar a lo que aconteciera en 1864 con la llamada “Guerra de la Triple Alianza” -o triple infamia, como la denominan algunos autores- en la que los ejércitos de Brasil, Argentina y Uruguay se encargaron de destruir a Paraguay y aniquilar a su pueblo, cuyo desarrollo autónomo y proteccionismo irritaban a la principal potencia capitalista del siglo XIX que era Inglaterra, produciéndose uno de los genocidios más grandes de nuestra historia desde el surgimiento de los Estados nacionales en América Latina.

La guerra fue financiada por el Imperio británico a través de las bancas Baring, Rothschild y Londres y los tres países beligerantes compraron sus armamentos a los mismos británicos. Así funcionaba la bicicleta neocolonial de la guerra y el endeudamiento, y que ahora se presenta remozada con el neoliberalismo. El esquema de dominación, en rigor, sigue siendo el mismo, con Estados Unidos ocupando el lugar de potencia dominante que había dejado Gran Bretaña.

Tal como sucediera con la infame guerra contra Paraguay, Estados Unidos intenta hacer lo propio con Venezuela con signos que lo hacen evidente, como los que enumeraremos a continuación: 1) el entrenamiento de tropas brasileñas en la Amazonia bajo la dirección de oficiales estadounidenses; 2) la compra de armas de guerra a Estados Unidos por más de 250 millones de dólares por parte del gobierno argentino; 3) el recibimiento de Donald Trump a su par Mauricio Macriel pasado 27 de abril en la Casa Blanca, que posiciona al mandatario argentino como interlocutor del Imperio en la región; 4) el continuo financiamiento y entrenamiento militar a Colombia que la han convertido en una de las armadas más poderosas de América Latina.

Estamos ante el despliegue de un Plan Cóndor para la guerra pensado para que sea ejecutado por naciones sudamericanas que pone en peligro, no sólo la soberanía del pueblo venezolano, sino a la región en su conjunto. Si esto no pone sobre la mesa los preparativos para una nueva Triple Alianza: ¿qué los pone entonces? Una estrategia orquestada por el Departamento de Estado norteamericano cuyo principal peón en este juego de ajedrez bélico es Colombia -como lo fue Brasil contra Paraguay en noviembre de 1864-, secundado por Brasil y Argentina.

Empero, pensar esto no es descabellado, ya que las constantes muestras de hostilidad por parte de los gobiernos de Argentina y Brasil contra Venezuela, y el apuntalamiento cada vez más exacerbado de la histórica rivalidad con Colombia, hacen que este escenario sea más que factible; sin olvidarnos, claro está, de las treinta y seis bases militares dispersas por todo el continente,nitampoco del rol estratégico que jugaría Guyana en esta conflagración por ser un enclave anglo-estadounidense en la región y por su litigio territorial con Caracas por la soberanía del Esequibo,que acorralan geopolíticamente al país,reforzandotodavíamás esta hipótesis.

Estados Unidos está decidido en recuperar a toda costa lo que considera desde hace más de un siglo como su patio trasero, siendo Venezuela uno de sus principales escollospara lograr este objetivo. Y que mejor opción que apostar al siempre rentable negocio de la guerra, como lo viene haciendo de manera ininterrumpidaen todo el planeta. Ponerla de rodillas hará que se abra al libre mercado, las privatizaciones y el endeudamiento, como le ha ocurrido a Paraguay apenas terminó la guerra. Bien aseveraba con trágica ironía elhistoriador uruguayo Vivian Trías sobre la destrucción y sometimientode la economía paraguaya después de la guerra: “el Paraguay ya está ‘Civilizado’: debe 7.500.000 de libras.” (Vivian Trías, El Paraguay de Francia el Supremo a la Guerra de la Triple Alianza, Cuadernos de Crisis, No. 19, Editorial del Noroeste, Buenos Aires, 1975, p. 61)

Lo mismo buscan hacer hoy con Venezuela en nombre de la democracia y las instituciones: destruirla. Echar abajo dos décadas de revolución. Así se comporta el imperialismo. Así de inicuo y sanguinario. El mariscal y héroe paraguayo Francisco Solano López, antes de caer en combate, dio su último grito de guerra: “muero con mi Patria”. Este grito vuelve a resonar en la memoria de nuestros pueblos. Ahora más que nunca.

*Ensayista. Miembro del Centro de Estudios Históricos, Políticos y Sociales “Felipe Varela”, de Argentina.

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