¿Tiene algo que ver el desplome del bitcoin con la llegada de El Petro?

Luis Salas Rodríguez|

Cuenta la leyenda, que un conocido hombre de negocios vendió sus acciones en la bolsa de Nueva York justo antes del crack del 29, luego que un limpiabotas le diera consejos sobre unas acciones que debía comprar. Se dice que no lo hizo por prejuicio. Como capitalista, le pareció un triunfo el que los mercados se hicieran populares, al punto que cualquier mortal hablara de ellos con propiedad. Pero como inversionista rápidamente entendió que cuando eso pasa, se está en puertas del reviente de una burbuja.

Bernard Baruch, otro conocido lobo de Wall Street, contaba historia similares: “Hasta los conductores de taxis te decían qué comprar. El limpiabotas podría darte un resumen de las noticias financieras mientras trabajaba con trapos y esmaltes. Un viejo mendigo que regularmente patrullaba la calle frente a mi oficina, ahora me daba consejos y supongo que gastó el dinero que yo y otros le dimos en los mercados. Mi cocinera tenía una cuenta de corretaje y seguía de cerca el teletipo. Las ganancias en papel de todos ellos se desvanecieron rápidamente en el vendaval de 1929. ”

Desde entonces se dice en el mundo financiero que cuando hasta los limpiabotas están hablando de acciones, ha llegado la hora de vender.

No fue esa, sin embargo, la primera vez que pasó. Cuando la fiebre de los tulipanes en Holanda, no solo los ricos mercaderes sino los marineros en los bares y hasta las monjas en los conventos, se dejaron arrastrar por un negocio fabuloso.

Los tulipanes llegaron a Holanda en el siglo XVI, pero no fue sino hasta el siglo XVII cuando se pusieron de moda. Y lo que era una simple planta decorativa, se convirtió en una pasión mercantil de multitudes.

Los tulipanes eran desde luego flores muy hermosas y exóticas. No existía nada parecido a ellos en Europa y eso desató una demanda sólida. Los más vivos entendieron que comprarlos por adelantado les permitía venderlos con ventaja luego y hacer fortuna (lo que hoy llaman mercados a futuro). Y a varios les funcionó. El efecto demostración y la ambición hizo el resto. Como gansos siguiendo a los que llevaban la delantera, cientos de miles se dedicaron a comprar y vender. ¿Qué podía ir mal? Nadie reparó en el hecho de que en realidad los tulipanes no servían para nada más allá de su fugaz uso ornamental.

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¿La fiebre de los cripto-tulipanes?

Con el Bitcoin pasa algo parecido. Como los tulipanes son un bien escaso (deliberadamente escasos, solo pueden minarse 21 millones) y exótico. Pero además tampoco sirven realmente para nada: no tienen curso legal y los contados negocios que lo aceptan lo hacen más por publicidad que por otra razón, básicamente porque su volatilidad no permite fijar un precio que sea cuantificable en monedas de uso corriente. Y lo más importante: su valor se basa no en la confianza, como dicen los economistas, sino en la ambición de sus usuarios.

Como los tulipanes, los bitcoins (y el resto de las criptomonedas) basan su “valor” en el hecho simple y hasta tonto de que hay personas que los quieren comprar. Esto atrae capitales especulativos ociosos pero también a pescadores de oportunidades, que toman la delantera e invierten en ellos no porque les interesen en sí mismos, sino porque saben que hay muchos otros a los cuales les interesarán por las mismas razones y entonces se los venderán más caros. Y esos otros a otros tantos…, como en todas burbujas. Por eso ha venido subiendo su cotización como hemos visto: la llegada de nuevos capitales y “usuarios” es mayor al ritmo de minado. Pero no por error ni deficiencia de diseño: está concebido para ser así.

Es por esta razón que en la actualidad se estima que más del 80% de los bitcoin no tiene uso comercial como moneda (es decir, no se les usa para comprar otros bienes o servicios) sino de atesoramiento. Pero no en el sentido como rico Mac pato tenía sus enormes reservas de oro en las cuales nadaba, sino más bien como los bachaqueros y especuladores que engordan propiedades y demás bienes, esperando suban de precio para luego venderlos.

Y es por esta razón también que contrario a los sueños libertarios e igualitarios de sus propagandistas, la concentración de los mismos es tanta. En el medio suele llamarse “ballenas” a los grande tenedores de bitcoins. En un mar todavía pequeño (minados actualmente hay unos 17 millones), pero además limitado (con un máximo posible de 21 millones), se dice que menos de mil personas y fondos son propietarios del 40% del mercado y menos de 50 lo son del 30%. Se dice que Satoshi Nakamoto (personaje desconocido creador del bitcoin) es la ballena más grande. Pero también se sabe que el otro gran tenedor es nada menos que el FBI (o como dice sarcásticamente la Revista Time: el propio Tío Sam), con un equivalente a 100 millones de dólares. Y personajes como los gemelos Winklevoss, quienes en 2013, usaron11 millones de dólares para comprar aproximadamente el 1 % del total mundial de bitcoins, cuando el valor de cada unidad de esa moneda era de 120 dólares.

Lo que nos lleva al tema del Petro. Y es que como suele ocurrir en todo mercado especulativo, estas grande ballenas tiene poder de fijar a conveniencia los precios. Por ejemplo, a mediados de noviembre pasado, el bitcoin se apreció en más de un 11%. Se sabe que alguien movió de un solo golpe 25.000, unos 159 millones de dólares. Al principio se pensó que la subida estaba relacionada meramente con el golpe de estado de Zimbabue, pues la demanda de criptomonedas en este país sacudido por la hiperinflación y el abandono de su signo monetario, aumentó. Sin embargo, todo indica que alguna ballena atenta a dicho impulso de compra, deliberadamente movió el mercado para inflar el precio y por tanto revaluar sus posesiones.

Y ya que se puede hacer hacia arriba es obvio que se puede hacer también hacia abajo. Esto desde luego es mucho más raro, pero pasa aquí un poco como con el fracking, cuyo precio como se sabe no es competitivo con el de los petróleos convencionales pero se usa para mantenerlos a raya.

En este sentido, es posible que la actual caída del bitcoin y el resto de las criptomonedas, más allá de las razones argumentadas por varios medios especializados, sea una movida de las ballenas de modo de colocar un piso más bajo al arranque de El Petro, a sabiendas que sus compradores iniciales lo harán más con la idea de permutarlos de inmediato por dólares, con un diferencial más bajo con respecto al precio del arranque si el mercado de las cripto está contraído. Es una hipótesis. Pero en la medida en que dicha baja “coincide” con las advertencias del Departamento del Tesoro luce plausible a los probables tenedores de petros. Nadie dijo nunca que la guerra financiera se limitaría a la esfera financiera convencional.

Así las cosas, a lo que vamos, es que pese a que el bitcoin reúne todas las características de una burbuja como la de los tulipanes, no parece que su actual descalabro se deba a que esta ya esté reventando. Claro está que muestra signos, como por ejemplo el que las amas de casa, estudiantes y en general cualquier hijo de vecino, ya están pensando en bitcoins (y ahora en petros). Pero tiene pinta de ser una “devaluación” controlada, por las razones expuestas.

No está demás decir ya para terminar, que el día que definitivamente estalle la burbuja –que será tarde o temprano- no serán los Bernard Baruch ni los Winklevoss los principales perjudicados, sino todo ese montón de limpiabotas, amas de casa y estudiantes quemados como tantas otras veces por la distopía de la democracia financiera.

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