Maryclen Stelling |

El triángulo letal

Se consolida en el país la cultura del miedo, el odio y la violencia, suerte de triángulo que se sustenta tanto en una praxis con consecuencias palpables como en narrativas políticas que se propagan y dominan nuestra vida.

En una sociedad donde la violencia ha pasado a constituir parte de la cotidianidad, desde las dos aceras políticas y -de la mano de las élites políticas, económicas y mediáticas- se ha ido edificando un complejo, catastrófico y perverso juego discursivo sobre el miedo, el odio, la violencia. Narrativas que compiten por imponer lo propio, “su verdad universal” y ponen la responsabilidad fuera de sí, de manera tal que la violencia siempre se ubica en el “diferente” y en otro “lugar”; en lo ajeno y lo desconocido como catalizador de los miedos.

En el imaginario de la violencia peligrosamente comienza a tomar cuerpo la eliminación del enemigo a nombre de la democracia y en aras de la paz. Así, “sin querer queriendo”, se legitima y se nos impone la cultura de la violencia del odio y del miedo, en tanto peligrosa combinación dinámica.

La violencia, “un fantasma sin tiempo ni lugar, presente en el extraño de la calle desconocida en la noche oscura. La violencia es el caos, una puerta abierta al caos; es la falta de límite, lo impredecible.”

Nos somete y avasalla la cultura del miedo y el poder dominador del odio socialmente aceptado. Se impone la estrechez, la desconfianza, el desconocimiento y la intolerancia. Hacemos de los espacios privados una suerte de cárcel donde nos protege el encierro en una identidad política y el aislamiento recíproco.

Subyugada por la escalada de la violencia, triunfa la cultura de las armas, la muerte, la destrucción y la eliminación del otro, del diferente, del enemigo.

El pacto de convivencia que debemos acordar pasa por trabajar la raíz del conflicto, cooperar en la resolución de los mismos y promover la reconciliación de las partes; abordar la reconstrucción desde una perspectiva multidimensional y generar la capacidad de enfrentar los conflictos con empatía, en un contexto de no violencia.

Para quienes realmente creen y honestamente promueven el dialogo, la convivencia en paz y democracia, se plantea -entre otros- el reto del desmontaje de la letal trilogía cultural: miedo, odio y violencia, en tanto consecuencias perversas del consenso social, discurso dominante y la legitimación política imperante.


¿Abstención o sabotaje?

Eleazar Díaz Rangel-UN|

En los últimos 60 años de la política venezolana, al menos en cuatro oportunidades ha habido posiciones contrarias a los respectivos procesos electorales. La primera vez fue exactamente en 1957, cuando ante el plebiscito convocado por la dictadura de Pérez Jiménez, votar azul para que continuara y rojo en contra; la débil resistencia de entonces llamó a la abstención, y la mayoría acogió el llamamiento, pero los “resultados” oficiales fueron los que divulgaron los medios, impuestos por el gobierno, sin opiniones o informaciones disidentes o distintas. Como ven, aún en la lucha contra la dictadura, se trató de una respuesta democrática. De todas maneras, Pérez Jiménez continuó.

Debemos señalar 1952, cuando AD ordenó a su militancia no votar en las elecciones para la Asamblea Constituyente; sin embargo, fue abrumadora la votación contra la dictadura a través de la tarjeta del partido URD. La orden abstencionista la había dado Betancourt desde el exterior. Algo similar ocurrió en 1962: esa vez fue el PCV, que andaba en la lucha armada, el partidario de abstenerse, pero fue insignificante el porcentaje de quienes no votaron. En ninguno de esos casos, hubo sabotaje.

Muy reciente la otra ocasión. Fue en 1995, convocadas como estaban unas elecciones parlamentarias, la oposición decidió no participar. Pero ¿creen ustedes que fue producto de una discusión en convenciones de partido, de una consulta a las bases o de una decisión de los cogollos partidistas? Nada de eso. ¡Sencillamente fue la orientación que a los partidos opositores les dieron los dueños de los medios! Así como lo ven. Esos medios, que entonces reemplazaban a los partidos, los persuadieron de no ir a esos comicios porque aceleraría la caída del gobierno. Todo según reiteradas confesiones públicas de Ramos Allup.

Estamos a las puertas de unas importantes elecciones, el 30 de julio, para escoger los representantes a la Asamblea Nacional Constituyente. Tenemos claro que una porción numerosa de venezolanos está en desacuerdo y no participó en ninguna de las etapas de ese proceso. Para expresar su posición, tiene la abstención, sencillamente no ir a votar, tal como ha ocurrido en otras ocasiones, y de llamar a los indecisos a que lo hagan.

Esta vez, no obstante, se asoman oscuros nubarrones. Por diversas vías trasciende que grupos opositores amenazan con impedir el voto, sabotear las elecciones, intimidar a los electores. Me parece que andan buscando el camino del diablo. Saben bien que nadie está obligado a votar, pero tiene el derecho de hacerlo y tratar de impedirlo es un delito. Se lo han venido repitiendo, y la vicepresidenta del Consejo Nacional Electoral, Sandra Oblitas, se los recordó hace poco: “Es un contrasentido de la derecha pretender configurar una democracia tratando de impedir al derecho a la participación, ante lo cual el CNE, con mucha firmeza, ha dicho que se trata de garantizar y facilitar el sufragio”, y agregó que tratar de hacerlo es un delito.

Compartir

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

*