Javier Zorrilla Eguren|

La reconciliación necesita ser vivida con profundidad en un proceso con sentido trascendente.

La reconciliación para que tenga peso histórico y colectivo necesita vivirse de manera profunda y conmovedora. Esto no es fácil en una sociedad como la peruana, dividida en bandos que se consideran enemigos por su diferente opción política y ubicación social o étnica. Sin ese calado de fondo que hace a los cambios de visión del mundo, la reconciliación no podrá ser un hito liberador para proyectarse a futuro, marcando un antes y un después en el proceso de la vida peruana.

Por esta razón conviene ver la reconciliación como una experiencia de conversión colectiva en la que, del odio, la persecución y la venganza se pasa a la superación del conflicto mediante la aceptación de un nuevo orden social basado en el diálogo respetuoso, el acuerdo y el derecho a las diferencias, propio de las sociedades democráticas.

Para lograr efectos profundos, conmovedores, actitudinales, una experiencia tiene que tener el alcance propio de una experiencia cumbre de tipo místico. Un sentimiento en el que la nueva visión del mundo y el nuevo sentido se experimenten con la debida profundidad. El carácter público de la reconciliación social obliga a que sea plenamente asumida por el Estado y la sociedad. Requiere por ello de un ritual colectivo en la que los actores sociales victimarios reconozcan, comprendan y se arrepientan; y las víctimas se sientan reconocidas, comprendidas y reparadas en su dolor y frustración. Este tipo superior de trato humano se inspira en la llamada Regla de Oro, principio de vida recogido por varias tradiciones culturales que nos invita a “tratar a los demás como quisiéramos ser tratados”.

¿Podrá nuestro país hacer participar en una misma ceremonia a todos los actores que contribuyeron con las diferentes violencias que desembocaron en el infierno de terror? ¿Quién lo haría? ¿Se arrepentirán públicamente a favor de un proceso de paz en democracia aquellos que cayeron en la trampa de la guerra y la crueldad como forma de lograr o de evitar la justicia social?

La reconciliación, si bien integra un pasado, requiere también de un futuro que la asegure y de un presente en el que irán desapareciendo las afrentas cotidianas de la violencia y la discriminación (económica, política y cultural). No podemos obviar a la estructura de poder centralizado en la que élites y poderes facticos reproducen el sistema de violencia que boicotea el intento transferencial colectivo de la reconciliación.

La justicia es necesaria, pero no suficiente

El tener todas las necesidades materiales resueltas y mejor mitigado el dolor físico no “vacuna” automáticamente contra el sufrimiento mental expresado como resentimiento, violencia y venganza. Los grupos sociales, como las personas, se resienten con facilidad, no quieren ceder en sus privilegios, se “olvidan” fácilmente de lo que no les conviene saber y suelen vengarse de aquellos que los perjudicaron. Con mayor razón de aquellos que los vejaron o traicionaron y torturaron. Ni el perdón ni la reconciliación forman parte de esquemas básicos de adaptación creciente, confundidos con debilidad, humillación o sumisión.

El dolor también da pie al resentimiento y a venganzas que suelen disfrazarse de justicia. El bíblico ojo por ojo, diente por diente, no es una vía de reconciliación, sino la forma en la que los nubarrones de la violencia se vuelven tormenta y la tormenta huracán.

De todas maneras, la obediencia a la ley, la aplicación de la justicia y la ciencia al alcance de todos supera el dolor físico y le quita una base importante de justificación al sufrimiento, al resentimiento y a su hermana la venganza. De ahí la necesidad de vivir bajo un sistema que distribuya oportunidades de calidad para todos. Pero no porque se calme el dolor físico se acabará con el sufrimiento mental. Baste saber que en las familias pudientes de Lima los problemas de drogadicción son severos y las familias disfuncionales más frecuentes de lo que se supone.

La reconciliación requiere de reflexión sobre el sentido de nuestra existencia como personas y como país

El país hace un alto en su camino para reflexionar en un estado de conciencia más lúcido. Medita sobre su pasado y su destino. ¿Va a seguir polarizado en bandos que pretenden destruirse entre sí, que se niegan el uno al otro, que no quieren ceder ni compartir con todos la riqueza material y cultural de la nación? ¿Qué le espera al Perú de seguir por el mismo camino? ¿Cuál es la dirección a seguir en lo económico, lo político y lo cultural?

La desquiciada crueldad de Sendero Luminoso no comenzó de la nada. Tuvo su caldo de cultivo en la discriminación vivida por los pobres del Perú desde la colonia. Y en la afrenta permanente de una élite generalmente arribista, corrupta, mentirosa, traidora y banal que casi siempre gobernó a favor de los ricos y de las potencias imperiales.

No puede haber una reconciliación total dentro de un sistema inhumano.

Si hay discriminación permanente por un modelo económico, una estructura de poder centralizada, una determinada cultura patriarcal o racista, es decir, por un sistema perverso, sociopático, entonces se dificulta la reconciliación, porque las fuentes de violencia son constantes y no se aprecia un cambio sustantivo de situación ni la voluntad política real de hacerlo.

Reconocimiento verdadero y sentido de lo que ocurrió.

Aunque fuera lo ideal una reconciliación social vivida por todos y cada uno de los individuos, ésta parece inalcanzable. No se puede esperar que cada peruano haga una revisión de la historia de la violencia en el Perú. Se requiere de un relato verdadero que la Nación, representada por el parlamento, el presidente y los referentes de mayor credibilidad lo haga suyo. La difusión a toda la sociedad por los medios de comunicación masiva es indispensable. Ese relato ya existe y ha sido propuesto por la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR), pero no ha sido aceptada por los responsables del conflicto. Sería una aceptación pública del propio error y eso en política activa es muy difícil de hacer, por el riesgo judicial y la caída de una reputación que arrastrará honras, votos y posibilidades electorales.

Sinceridad, autenticidad, verdad, no son fáciles de lograr. Lo común es defenderse y justificarse, cuando no mentir y falsear la biografía o la historia. Por eso es tan importante que los actos públicos sean transmitidos a nivel nacional y que los libros escolares logren expresar la verdad en el espíritu de la comprensión y la reconciliación, y no en el del juicio y la acusación, lo que quedará reservado al poder judicial, pues tampoco se trata de favorecer la impunidad, aunque las penas puedan ser disminuidas en caso de un franco reconocimiento y colaboración. Es imprescindible aprender a bajar las defensas y reconocer los errores y los daños causados en las acciones y los hechos.

Ni olvido, ni venganza, ni perdón.

¿Quién perdona a quién? y ¿quién se hace merecedor del perdón? ¿El Estado perdona a todos? ¿Las víctimas a los victimarios? No todos podrían o tendrían esa capacidad. El perdón no se obliga. Además, en el indulto, especie del perdón a los victimarios de todos los lados, choca con el sentimiento de injusticia de las víctimas y su indignación ante la impunidad. No es fácil aceptar que una parte destroce a la otra y luego pida perdón como un recurso para seguir adelante tranquilamente. Así, es difícil que la Nación llegue a una reconciliación sincera y quede liberada del resentimiento.

Además, en el caso del Perú, se reconoce que hubo una población andina quechua hablante de por si violentada y discriminada desde la colonia que para mayor desdicha fue víctima de dos terrorismos, uno subversivo y otro del Estado. Lo más conveniente parece ser que, mientras la justicia hace su trabajo, el Estado puede comenzar con el proceso de reconciliación ejecutando las recomendaciones reparadoras de la CVR.

El olvido y la falsificación de la memoria

Los rostros de las víctimas tienen que ser visibilizados y no ocultados bajo la alfombra del olvido. Además, ¿cómo se hace eso? ¿cómo se borra la memoria si lo que justamente se tiene que hacer es suturar una herida? Si haces desaparecer la herida y a los que la causaron, ¿qué es lo que queda entonces para suturar? Nada. Las víctimas tienen que aparecer y recibir su reconocimiento, su réquiem y su duelo. Su muerte tiene que ser dotada de sentido para la historia y la ética de la convivencia humana. Las violaciones a los derechos humanos de las que fueron objeto las víctimas son expuestas correctamente en forma pública en los llamados “lugares de la memoria”. Los que ya han sido construidos en el Perú sirven para estimular la repugnancia por la violencia y el deseo profundo de nunca más repetir la atrocidad.

Sin embargo, han sigo objetados por el sector de los responsables políticos y militares que lanzaron la estrategia terrorista desde el Estado para combatir en los mismos términos a las huestes terroristas de Sendero Luminoso. Al hacerlo violaron el Estado de derecho y el derecho a la vida de mucha gente inocente a la que se debió defender. Es probable que ante un nuevo gobierno fujimorista se termine por deshacer lo poco avanzado en la línea de las recomendaciones de la CVR. Así seguirán las posturas irreconciliables que arrojan más leña a la hoguera del resentimiento personal, histórico y social. Es pues imprescindible lograr el arrepentimiento sincero de los responsables directos e indirectos de las violaciones a los derechos humanos.

Comprender para reconciliar.

Comprender no es aceptar cualquier postura o razonamiento. Ni siquiera es entender intelectualmente. Comprender es más bien ponerse en lugar del otro para recrear su experiencia en la propia conciencia, sin entorpecer la descripción de los hechos y la interpretación más ajustada a los principios de la vida y la compasión.

La venalidad del terrorismo subversivo y su táctica de confundirse con la población pudieron desesperar a la población, a la policía y al ejército que en medio del terror reaccionaron también de la misma manera. Habría que comprender qué le pasa a uno en una guerra no convencional en la que el terror se apodera de todos. Podríamos decir que los altos mandos militares y subversivos desarrollaron estrategias deliberadas de terror como respuesta defensiva desesperada. Pero quienes las sufrieron en el terreno fueron las tropas de uno y otro bando, muchas de ellas conformadas por gente joven y de escasa instrucción que obedeció órdenes bajo situaciones de desesperación y amenaza. Cómo no tener comprensión y compasión de ello. La reconciliación exige una actitud en la que se deja el odio de lado y se propicia compasivamente la integración de víctimas y victimarios.

Lo más importante para un proceso de reconciliación es querer una transformación profunda que nos libere del resentimiento.

La Nación peruana está desgarrada por las tensiones irreconciliables que la acompañan desde su nacimiento, las que se agudizaron con esta guerra del terror en la que la mayoría de las víctimas fueron ciudadanos indígenas y campesinos. En el Perú, desde el punto de vista de la violencia y la discriminación, estamos detenidos, como si nos hubiéramos quedado congelados en el tiempo.

Pero ¿hay verdaderamente el deseo genuino de reconciliarse? En una reconciliación social esto se traduce como voluntad política para llevar adelante con resolución el proceso de reconciliación. No se ha visto todavía esa voluntad y las recomendaciones de la CVR aún esperan tiempos mejores. Tampoco los bandos políticos cambian la actitud cerrada. Los insultos recíprocos proliferan en las coyunturas políticas importantes, especialmente las electorales. Se acusan de corruptos y autoritarios y de rojos, caviares y comunistas. La guerra verbal es abierta y sectaria.

Comprender esperanzas y fracasos en uno mismo y en los enemigos es condición de reconciliación.

Entiendo la gran dificultad de imaginar a Montesinos y Fujimori o Abimael Guzmán como seres humanos con sus esperanzas y fracasos, aciertos y errores. Los dos primeros compensaron arribistamente fuertes carencias dentro de un medio en el que el éxito depende Resultado de imagen para abimael guzmanexclusivamente del poder, del prestigio y del dinero. En pos de estos fines violaron derechos humanos fundamentales, quebraron el orden constitucional, redujeron la independencia de poderes y recurrieron a la corrupción. Abimael Guzmán siguió el ejemplo de Mao Tse Tung y su estrategia terrorista aniquiladora del campo a la ciudad. Salvo el poder, todo es ilusión, era su creencia básica. Bajo ella cometió genocidio y destruyó la infraestructura energética del país. El costo humano y económico fue altísimo. El economista Jorge Chávez, expresidente del Banco Central de Reserva sostiene que el terrorismo generó pérdidas por más de 42,000 millones de dólares.

Tampoco debemos olvidar la situación desesperada del país respecto a la hiperinflación y el terrorismo, herencia del gobierno de Alan García. Una profunda fosa que hizo que el neoliberalismo pasara por ser la receta universal del progreso. Aparte de la situación interna critica, el contexto internacional y Estados Unidos jugaron un rol preponderante. El libreto neoliberal aplicado en el Perú ya se había probado en Chile y en otras naciones. La propia población peruana reclamaba mano dura y un “Pinochet” peruano. Era entendible que se prefiriera un orden neoliberal al caos que se estaba viviendo. El trasfondo psicosocial autoritario de larga data en el Perú encontró la situación ideal para producir su bestiario y justificar la violencia empleada. Abimael Guzmán tampoco escapaba al condicionamiento mesiánico autoritario y el culto a la personalidad, dentro de un contexto fanatizado en el que empleó la violencia más extrema llamándola guerra popular de liberación. La creencia profunda de que la violencia es partera de la historia obligó a llevarla hasta sus últimos extremos. Pero el darwinismo social que aún ahora domina la política mundial es igualmente violento al creer que sólo sobrevive el más hábil y fuerte. Y el materialismo que comparten comunistas y capitalistas también es componente de la forma mental violenta. Si todo termina con la muerte, ¿qué sentido puede tener la vida y qué más da cómo se viva y cómo se consiga los bienes deseados, que es lo único que existe en el universo? Bien se puede pensar… matemos, robemos y comamos, que mañana moriremos.

La reconciliación no es un proceso espontáneo. Requiere de buena voluntad, comprensión y aprecio por la no violencia.

Si la reconciliación no es una actitud espontánea, entonces requiere tomar conciencia de su necesidad a través de la difusión de paradigmas no violentos. En el resentimiento no crece la libertad ni la felicidad. Esto tan solo debería bastar para intencionar la reconciliación, pero en el paisaje de formación y en nuestra socialización temprana el violentismo tiene preponderancia, sobre todo en una sociedad machista y competitiva en la que el otro es concebido como un enemigo al que hay que vencer o eliminar.

Esta lógica se traslada a todos los campos, especialmente al político. Los bandos se agreden, se difaman y defienden posturas e intereses irreconciliables. Sin embargo, para la reconciliación no se necesita estar de acuerdo en todo con el otro. La reconciliación no implica pensar igual sino reconocer, corregir, reparar las ofensas y daños, por un lado; y por otro, respetar las diferencias y converger en lo posible en aras del bien común. Tampoco se trata de forzar el perdón o de amar al otro. Es suficiente con el respeto, el trato cordial y la educación básica para prolongar la reconciliación luego del reconocimiento y la reparación.

Evitar juicios y condenas para limpiar la conciencia de resentimiento.

Se hace muy difícil no juzgar ante crímenes que nos repugnan y abusos que oprimen y humillan una y otra vez. Cabe pensar que, si la violencia es estructural, entonces los abusos seguirán produciéndose y con ello se abona el resentimiento y la conducta vengativa a la que suele dar lugar. Reconciliarse no es aceptar la violencia, sino transformarla con la no violencia activa y una actitud lucida y calma.

En efecto, ¿cómo podríamos pretender una reconciliación nacional si la alteración nos domina compulsivamente, sin tener mayor control de ella? ¿Cómo vamos a lograr la reconciliación si no producimos un salto evolutivo hacia una conciencia que esté atenta al registro de paz en el pensar, el sentir y el actuar?

El encuentro de los mundos internos y las intencionalidades.

La cada vez más rápida circulación de información por las redes sociales no profundiza la conexión de las subjetividades requerida por la reconciliación. Que las interioridades se encuentren es lo que se necesita en un acto dialogante cuya intencionalidad es cambiar la dirección general violenta que, hasta el momento, ha seguido la historia del Perú.

Es claro que la reconciliación personal implica por lo general una comunicación en la que los enemistados se sinceran y terminan comprendiéndose mutuamente. Aunque también puede darse en la parte que lo intenta, así la otra no lo quiera.

Además, la reconciliación reclama una suerte de reflexión o meditación previa, antes de ir a ver al enemigo. La comunicación a distancia no alcanza las cotas de conmoción que caracterizan a la reconciliación en tanto reconocimiento de errores, una vez superadas las resistencias, los prejuicios, los bloqueos y las agresiones. Estos errores y responsabilidades pueden comprenderse e integrarse en una serie de actos comunicativos concebidos como un proceso transferencial. El interés está puesto en desatar nudos de odio, resentimiento, venganza, miedo o terror.

La reconciliación social necesita también rostros representativos de las clases, estamentos, grupos o etnias que van a intentar reconciliarse, reconociendo públicamente sus errores y responsabilidades. Esos rostros tienen que exponerse en una representación que sea observada por la sociedad en su conjunto y por los miembros pertenecientes a los bandos en pugna, unos dándose explicaciones a los otros.

El cine y el teatro son aptos para tales representaciones y en el Perú vienen siendo la vanguardia de un proceso empírico de reconciliación que no cuenta con una política nacional en un tema que, de no ser resuelto, encadena al pasado, cierra el futuro e impide la evolución colectiva de la Nación. En el caso de la vida peruana la historia aparece como una película repetida de innumerables y gigantescas violencias y agresiones. Pensemos en la desestructuración de la cultura andina en la que, de 11 millones de indígenas, después de medio siglo de conquista, quedaron solo dos millones. Esta catástrofe demográfica fue luego coronada con la eliminación de la nobleza inca por los sucesivos levantamientos durante la conquista y la colonia. Desde entonces, los pobladores andinos fueron despojados de sus mejores tierras y forzados a servir a los hacendados como a señores feudales. Y en la costa, afrodescendientes e inmigrantes chinos fueron esclavizados en la colonia y la república.

La reconciliación es un proceso con actos continuos de una obra que necesita de un sistema que la favorezca.

Pero el sistema dominante ve el mundo como negocio, trabajo y consumo. No une, sino elimina competidores, y esta competencia por dominar el mercado no favorece la reconciliación. Tampoco la carrera por arribar a la cumbre de la pirámide de prestigio social genera condiciones de base favorables a la no discriminación.

El sistema condiciona la forma de vivir de la gente. El capitalismo, más que la cooperación, valora el éxito producto de una competencia que incluye la pelea, la traición y el engaño. Lo comprobamos en los programas de la TV. También la capacidad de fingimiento es infinita en lo publicitario, lo comercial y lo político. Todo se compra, todo se vende, reza el dicho popular típico del mercado. El fin justifica los medios es la antiética vigente. Y si tengo que fingir una reconciliación mostrando un pesar que no existe o dar razones que justifiquen mi accionar ofensivo, no habrá problema en hacerlo porque eso es lo que manda la oportunidad para avanzar en los negocios. Pero nada más extraño a la reconciliación que la insinceridad.

Afortunadamente, aunque se monopolice los medios de comunicación, la gente no responde siempre como quisieran los dominadores.

La conciencia humana no es pasiva, sino activa y creativa en su necesidad de adaptación creciente. Podría resultar que esa conciencia hiciera algo totalmente inesperado precisamente porque la conciencia es activa e intencional.

Tanto es así que, en el caso peruano, según encuesta de Ipsos pocos han creído que el indulto a Fujimori en las navidades del 2017 sea realmente humanitario. No arranca así un auténtico proceso de reconciliación. Tampoco cree que el gabinete así denominado “de la reconciliación” esté efectivamente comprometido en esa tarea. O que el 2018 bautizado como “Año de la reconciliación nacional” sea algo que vaya más allá de un simple recurso de marketing político. La población está indignada y resentida por la corrupción endémica que ha afectado a todos los gobiernos y partidos. Se ha calculado que el costo de la corrupción en el Perú equivaldría a entre un 3% y 5% del PBI, al año, es decir, hasta unos S/33.800 millones, según cifras de la ONG “Proética”.

Será difícil que la reconciliación social se dé en medio de un sistema en el que el cáncer de la corrupción ha hecho metástasis. O que las comunidades étnicas andinas y amazónicas, tan golpeadas en la época del terror, se reconcilien con el Estado peruano cuando siguen siendo víctimas de los abusos de la minería o la explotación del gas o del mismo Estado a través de sus pésimos servicios educativos y de salud.

Estamos sosteniendo entonces que los actos de verdadera reconciliación entre el Estado y la sociedad, y entre las facciones en pugna, requieren de un contexto político adecuado y de otra estructura de poder. Una en la que el ciudadano acceda a la toma de decisiones. Y también requieren otro modelo económico. Uno en el que el capital no sea enemigo el trabajo. En efecto, ¿cómo podría reconciliarse un trabajador con su empleador dentro de las condiciones de precariedad laboral y explotación que se impusieron con el imperativo de la flexibilidad laboral como condición para invertir?

El circulo de la violencia: deseo, sufrimiento, resentimiento, venganza, ambición y nuevo ensueño de poder.

El sufrimiento infringido por otros, base del resentimiento y la venganza, se registra en los estados habituales de conciencia dominado por la actitud egocentrada. En el nivel de conciencia de sí el sufrimiento disminuye porque se lo observa, entiende, comprende y se le da un sentido. Luego de experiencias de meditación disminuye más. En proceso, la repetición de estos desarrollos hace que el sufrimiento se reduzca más todavía. En la reconciliación social se requiere una condición de inicio muy potente, positiva y elevada. Esto por su gran relevancia en la calidad de vida y la convivencia colectiva. Se trata de una condición extraordinaria, una actitud que facilita permanentemente la convergencia de la diversidad. Nadie dice que es fácil. Escuchamos poco y peleamos por tener la razón. Pero es posible irse entendiendo cada vez mejor en una comunicación democrática que sabemos es precaria pero crucial y siempre restaurada.

Los que hablan de ‘olvido’ pretenden borrón y cuenta nueva, encubriendo más bien bloqueos, intereses y represiones. La violencia latente se acumula y se expresa más adelante con mayor furor todavía. Además, ¿con qué derecho las víctimas van a ser obligadas a un perdón que no sienten o son incapaces de sentir? Y si tal cosa ocurriera se quebrantan la igualdad entre humanos que deben seguir sosteniendo relaciones de convivencia y reciprocidad para continuar la adaptación común a un mundo en construcción que cambia permanentemente.

La energética de la reconciliación. Transferencias de cargas y contenidos oprimentes. Transformación de un tipo de relación con el mundo.

El tema de la reconciliación social visto en una dinámica energética es cómo lograr superar resistencias y transferir contenidos cargados de sufrimiento. De no hacerlo el resentimiento cierra el futuro por la repetición del acto de venganza sustentado en la creencia de que la violencia no es transformable y sólo otra violencia mayor la resuelve o controla.

Pero aun transfiriendo una situación irreconciliable, no por ello se habrá modificado una visión total del mundo, una mentalidad que no tiene a la igualdad de oportunidades como argumento central. Tampoco a la reconciliación como un recurso que posibilite la continuidad de una comunidad en la que la diversidad se exprese con libertad. La dificultad es mayor cuando la convicción colectiva está sustentada en creencias discriminatorias de superioridad muy enraizadas y de distinto origen cultural.

Esto exige una acumulación coherente de proceso en la misma dirección y la resolución de cambiar toda la relación con el mundo interiorizada en el paisaje de formación propio de un sistema basado en el individualismo, la posesión y la exclusión. De ahí que la reconciliación entre las personas y los grupos se facilita en una estructura social democrática que se oriente por la igualdad de oportunidades para todos. Los ciudadanos se reconcilian, a diferencia de los súbditos que suplican perdón al zar, al emperador o al rey. O de los pobres que venden su voto y su conciencia en los clientelismos populistas.

Por lo tanto, en un país como el Perú, multilingüe e intercultural, que mantiene relaciones de discriminación con la mayoría social, va a ser más difícil la aceptación general y el acuerdo básico que requiere la reconciliación social.

De este modo, el sistema de creencias determina la conducta global de individuos y conjuntos humanos en más de un sentido. Y por ello se hace tan difícil la transferencia necesaria para que la venganza no se prolongue por centurias, se descongele el resentimiento y se produzca la reconciliación social dejando operar a instituciones bien consolidadas.

Así, es mayor y más fuerte la vigencia de una cultura individualista sobre otra de derechos humanos y reconciliación auténtica. Sobre todo, cuando la gran mayoría del pueblo víctima pertenece a una cultura despojada, oprimida y discriminada como la andina quechua hablante de Ayacucho y Abancay durante la década del terror en el Perú.

Es claro que el impacto mayor actual está dado por el neoliberalismo que salió triunfante en la lucha contra el comunismo. En realidad, ninguno de los dos se caracteriza por eliminar la violencia, más bien es parte central de su forma mental, del trasfondo psicosocial y del paisaje de formación introyectado en el proceso de una socialización individualista o autoritaria en la cual los de arriba son los que triunfan y los de abajo los que pierden.

El impacto de la tecnología conduce a la interculturalidad y al sincretismo de las imágenes del mundo, los paisajes de formación y sus respectivos fondos de creencias.

La gran pregunta es esta: ¿Se puede introducir en un individuo y en una sociedad un factor que haga variar la forma mental, el trasfondo psicosocial, el conjunto de las creencias básicas negativas?

Superar la violencia y la venganza y avanzar hacia la no violencia y la reconciliación no es algo que se improvise o se acelere arbitrariamente como se ha intentado en el Perú con el indulto apresurado por canje político al expresidente Fujimori.

La reconciliación tiene sus tiempos y etapas marcadas con hitos ceremoniales, con relatos transferenciales, con monumentos recordatorios, con gestos simbólicos y con reparaciones efectivas, además de cambios en la ley y reformas del Estado. Lo ideal: una revolución no violenta. Porque, ¿cómo se logrará una reconciliación permanente en una sociedad donde una parte de ella se ha apropiado del todo social sometiendo al Estado y al bien público al designio del interés privado y particular?

Lo cual significaría lograr primero un acuerdo sobre las características de ese proceso en que el Estado retorna a la defensa de la sociedad, de sus ciudadanos. Así se abren mayores posibilidades de reconciliación entre las víctimas y los victimarios. Esto es lo que pretendió la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) pero no se logró por la oposición política de un partido que también fue responsable de la tragedia. Pero aún si se lograra, aunque fuera un avance, no significaría el fin del resentimiento y la venganza, hijos predilectos de la violencia y la discriminación.

Modificar imágenes de violencia requiere incluir propuestas de nuevas imágenes en un proceso de técnica y arte llevado adelante. Pero esto no equivale a variar el paisaje de formación de donde surge la violencia, lo que es más difícil y requiere más preparación por parte del sujeto individual o colectivo que intenciona el cambio. Más difícil todavía es provocar transferencias a toda la población, para modificar el núcleo mental violento de la conciencia social.

Parece urgente lanzar al escenario psicosocial un argumento con imágenes precisas, convincentes, que permitan introducir elementos transferenciales y que eludan las resistencias de las creencias violentistas.

De lo reflexionado hasta aquí parece necesario contar con algunos componentes que permitirían conducir el proceso transferencial colectivo.

a) Contar con un relato que lleve en su seno un nuevo argumento que permita reordenar los temas y contenidos violentos en una estructura que, tras una introducción, muestre el nudo problema y a la vez que proponga salidas en su desarrollo posterior, sin que se pierda el significado profundo de la reconciliación.

b) La fuente o las fuentes institucionales de lanzamiento del nuevo relato o mito de los nuevos tiempos, la no violencia y la reconciliación debería ser de muy alta credibilidad nacional e internacional.

c) Los respaldos de las organizaciones más representativas y diversas de la sociedad deberían participar para asegurar la legitimidad de la misión.

d) Acciones previas concretas de reparación deben ser llevadas a cabo con gran difusión por todas las oficinas y ministerios que puedan contribuir a reparar los daños por la población inocente violentada.

e) Las recomendaciones del informe de la CVR deben ser plenamente asumidas, al igual que su programa integral de reparaciones.

f) Las personalidades que públicamente lleven a cabo toda la gestión deberían contar con la simpatía y la credibilidad de la población y el consenso de todos los actores sociales que intervinieron en el conflicto.

g) Estas personalidades, aparte de un relato convincente que complete al de la CVR, debería contar con personalidades de referencia y múltiples replicadores en los colegios y en la televisión. Su función seria mantener la dirección de la reconciliación social que tanto necesita un país tan y tanto tiempo víctima de la violación de los derechos humanos.

h) Pero nada podrá resolver el círculo vicioso del resentimiento y la venganza si es que el movimiento social no acomete la tarea de forjar un nuevo sistema que desconcentre el poder, distribuya mejor la riqueza y asegure los servicios de salud y educación de la mejor calidad para toda la población sin discriminación alguna.

*Centro de Estudios Humanistas Nueva Civilización. Publicado por Pressenzaa

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