Para ajustar, qué mejor que un ex banquero

Eduardo Febbro – Página 12

Depurado de los elementos tóxicos, o sea críticos, obediente a la línea del nuevo socialismo, es decir, reformar como la derecha, apretar el cinturón o morir, el segundo gobierno del premier Manuel Valls fue presentado ayer con escasos cambios y una consigna dada por el propio jefe del Ejecutivo: “Los miembros del gobierno no pueden darse en espectáculo”. Una mudanza de cartera ministerial y el remplazo directo de los tres ex ministros que habían reclamado un cambio de política (Arnaud Montebourg, Economía; Benoît Hamon, Educación, y Aurélie Filippetti, Cultura) constituyen lo esencial del retoque ministerial. Un solo dato ha conmovido a los comentaristas: la llegada a la cabeza del Ministerio de Economía de Emanuel Macron, el hombre a quien la prensa apoda “el cerebro derecho” de François Hollande, el ex banquero de la banca Rothschild, supuesto teórico de la “segunda izquierda”. La primera abdicó hace mucho. François Hollande se hizo, sin embargo, elegir con la melodía romántica de esa primera izquierda, para luego atravesar la frontera de la segunda. En el medio quedó un tendal de promesas incumplidas.

El recién nombrado Ejecutivo restaura la autoridad del primer ministro, una autoridad pisoteada por los tres rebeldes renunciantes. De paso, se margina del poder a quienes optaban por otra política, a quienes, aún, solían decir en voz alta que eran de izquierda. Ahora hay un gobierno coherente con la partitura escrita por la canciller alemana Angela Merkel, dirigida por la Comisión de Bruselas y ejecutada por las orquestas gubernamentales de casi todos los países de la Unión Europea.

La socialdemocracia responsable, ajustista y reformista vela por el bienestar de los bancos y el sistema financiero. “La izquierda puede morir si no se reinventa, si renuncia al progreso”, dijo Manuel Valls en una entrevista concedida al diario español El País. El ministro de Economía parece el encargado de esa reinvención. Su trayectoria es digna de un relato fantástico. Con apenas 36 años, Emmanuel Macron ha sido sucesivamente: filósofo, inspector de finanzas, banquero, consejero presidencial y ahora ministro. Antes de trabajar en el banco Rothschild, Macron fue asistente del filósofo Paul Ricoeur, con quien colaboró en la escritura de uno de los libros más fascinantes de este filósofo, considerado uno de los más importantes del siglo XX: La memoria, la historia, el olvido.

Sobre los traspiés del poder también sabe mucho. En 2011, el ministro de Economía publicó un texto en la revista Esprit sobre el abismo que hay entre el discurso y la acción política. El ensayo titulado “Los laberintos de lo político” se le puede aplicar perfectamente a él mismo y al propio presidente, ya que el nombramiento de Macron incumple también una promesa de Hollande: todos los ministros tienen que haber pasado antes por la sanción de las urnas. Sin dudas es ésa la medalla que le falta al nuevo titular de la cartera de Economía. Después de haber sido, a partir de 2012, secretario general de la Presidencia y, por consiguiente, el principal consejero de Hollande, ahora llega al poder visible saltando la condición del voto. Su influencia sobre el jefe del Estado era tal que los visitantes lo apodaban “el vicepresidente”. A él se le adjudica el giro centro liberal de la presidencia de Hollande, así como la idea del criticado “pacto de responsabilidad”. Este dispositivo implica una cuantiosa reducción de gastos para las empresas y funciona con el siguiente criterio: “Menos cargas sobre el trabajo, menos obligaciones sobre las actividades y, al mismo tiempo, una contrapartida: más creación de puestos de trabajo y más diálogo social”.

La anécdota retendrá que el primer ministro recibió respuestas negativas de numerosas personalidades de la izquierda o ecologistas que fueron llamadas a integrar el Ejecutivo y declinaron la invitación. Se acabaron los resistentes dentro del círculo gubernamental. Las reformas, las economías, la austeridad y las ofertas a las patronales –siempre piden más sin dar lo pactado– seguirán como meta política. Hollande y su primer ministro trabajarán de ahora en más para convencer a los diputados reacios de que voten las reformas en curso. Los socialistas cuentan con un diputado más –290 de los 577 de la Asamblea– arriba de la mayoría absoluta. Sacar adelante las próximas leyes será un arduo trabajo detrás del telón. El camino recorrido por este socialismo de injerto es novelesco. Para medirlo, hay que imaginar –sólo así se puede– a un trader de Wall Street, con camisas de 500 dólares y zapatos de 600, al volante de media docena de autos de lujo, con un piso entero asomado a Central Park, volviéndose de pronto militante sindical en la CGT, defensor de los oprimidos, jefe de un partido contra los excesos de la finanza y la globalización y principal animador de un foro sobre los estragos de la industria petrolera.

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