Carlos Fazio|

En tiempos preelectorales y a la sombra de sendos fraudes de Estado en los recientes comicios para elegir gobernador en Coahuila y el Estado de México, el reloj del Congreso Nacional Indígena (CNI) y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) marca la hora de los pueblos en resistencia. La hora de la lucha anticapitalista, abajo y a la izquierda, como una forma de seguir construyendo la vida que se hace palabra, aprendizaje y acuerdos ante tanta muerte, represión y despojo de territorios y recursos; ante tanta destrucción y barbarie.

Marichuy Patricio y el Concejo Indígena como forma de autogobierno en resistencia

Se trata de desmontar desde abajo el poder que los de arriba imponen, y para ello, la asamblea constitutiva del Concejo Indígena de Gobierno (CIG), reunida a mediados de abril en la Universidad de la Tierra (Cideci-UniTierra), en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, dio los primeros pasos tendentes a profundizar el tejido de una organización colectiva a nivel nacional de pueblos, naciones y tribus originarios en rebeldía; a la manera de un autogobierno reunido en un solo concejo, que de manera coordinada represente a todas las luchas y resistencias que se oponen a la voraz ofensiva capitalista privatizadora que ha militarizado y paramilitarizado los territorios donde ellos habitan.

La asamblea contó con la participación de 1252 representantes de pueblos y comunidades indígenas y 230 delegados del EZLN, que en el marco del seminario de reflexión crítica “Los muros del capital, las grietas de la izquierda”, analizaron el actual contexto internacional, nacional, político, ideológico y jurídico, y como muestra de madurez y de la conciencia que tienen sobre la necesidad de la unidad, decidieron crear un concejo como forma colectiva de gobierno; de democracia directa y protagónica de los pueblos.

En rigor, y esa es la novedad y la audacia de la propuesta, el Concejo Indígena encarna un proyecto de organización democrática, horizontal y asamblearia en la que todas y todos discutan y decidan, alternativo por tanto al cascarón vacío de la democracia liberal, representativa, que en el caso mexicano, tras los fraudulentos comicios en el Estado de México –donde el presidente Enrique Peña Nieto y su partido, el Revolucionario Institucional (PRI), echaron mano de una formidable maquinaria de Estado organizada estilo militar, para hacer efectiva la compra de votos y otros trucos sucios como la entrega de despensas, electrodomésticos y el compromiso de depósito de dinero en tarjetas tras la victoria− exhibe el agotamiento de la vía electoral.

En el corto y mediano plazos, el concejo busca frenar la guerra de tipo contrainsurgente del capitalismo expansionista militarizado, y preservar la vida de los pueblos en resistencia ante el despojo violento de la tierra, los bosques, el agua, los bienes comunales y todo lo que es amenazado por los megaproyectos de los dueños del dinero.

Se trata, en definitiva, de la defensa de un modo de vivir y de ser, de relacionarse con la madre tierra, amenazada por los proyectos mineros e hidrocarburíficos, por las grandes corporaciones de la energía en sus modalidades hidráulica, eólica y solar, por la privatización del agua y por nuevas obras de infraestructura en las llamadas Zonas Económicas Especiales (ZEE), que con epicentro en el istmo de Tehuantepec abrirá una nueva fase de acumulación por desposesión o despojo neocolonial sobre territorios donde sobreviven formas de propiedad comunal y ejidal de la tierra.

La vocera del poder de abajo

Por decisión de la asamblea, una indígena nahua, médica tradicional y herbolaria, María de Jesús Patricio, de 54 años y oriunda de Tuxpan, Jalisco, será la vocera del Concejo Indígena de Gobierno y candidata a la presidencia de la República.

Al respecto, cabe recordar que en octubre del año pasado, cuando el CNI y el EZLN anunciaron que lanzarían la candidatura independiente de una mujer indígena para las elecciones presidenciales de 2018, se desató una embestida racista y clasista, incluidas algunas voces de la izquierda institucionalizada.

Según la perspectiva prejuiciada de quienes consideran que los indígenas no deben ni pueden irrumpir en los espacios considerados exclusivos de una “clase política” profesionalizada, la “unidad de las izquierdas” sólo se puede lograr sumándose de manera subalterna y acrítica a un partido político.

Pero quienes calificaron a la iniciativa indígena como “divisionista” pueden estar tranquilos. Marichuy −como llaman sus amigos y compañeros a María de Jesús Patricio−, no recorrerá el país a la caza de votos, porque la lucha del CNI y el EZLN no es por el poder. No pretenden competir con los partidos y sus políticos sino que la indignación, la resistencia y la rebeldía figuren en las boletas electorales de 2018.

La vocería de esta mujer que es todo un referente en Tuxpan, entre los nahuas y la población mestiza, porque además de sus exitosas terapias y el manejo de la homeopatía y la iridologia, inició jornadas para preservar su lengua, estará dedicada a llamar a los pueblos originarios y a la sociedad civil a organizarse con autonomía para enfrentar a corto plazo al capitalismo depredador sin caer en lo “electorero”. Una autonomía que tenga como ejes la educación, la justicia y el autogobierno.

María de Jesús buscará utilizar su participación para visibilizar la denuncia de las naciones y los pueblos originarios y para tratar de crear y multiplicar formas dignas de resistencia a los malos gobiernos, sus ejércitos y policías; para enfrentar a la delincuencia organizada y a las grandes corporaciones, que en su ofensiva contra los pueblos asesinan, desaparecen, esclavizan, despojan, saquean, destruyen y contaminan.

El EZLN y la finca amurallada

Intentará, también, crear un movimiento para enfrentar de manera pacífica a la clase capitalista transnacional, que en las palabras del subcomandante insurgente Moisés, del EZLN, ha convertido a los países en pedazos de una gran “finca”, que son administrados por los gobernantes de turno. Buscará generar un proceso organizativo nacional e internacional, abajo y a la izquierda, contra “los capataces, los mayordomos y los caporales del patrón capitalista”.

Lo anterior tiene que ver con lo que explicó Moisés el 12 de abril, durante su exposición en el seminario “El mundo capitalista es (hoy) una finca amurallada”. No existen países. El que manda ya no es el que manda: los gobiernos fueron transformados en los administradores de pedazos de esa finca del gran capital.

Tomando como símil las fincas del pasado a partir de los relatos de los ancianos de los pueblos, dijo Moisés: “El gobierno es el capataz; el gobernador, mayordomo; los presidentes municipales, caporales. Todo está al servicio del capitalismo”.

Habló, también, de las violentas estructuras de la dominación y las formas extremas de explotación que existían en las fincas, incluidos crueles castigos corporales y la utilización de peones como bestias de carga (animalización) y del control absoluto de la vida de los indígenas campesinos por el patrón.

La descripción de aquel infierno dantesco le sirvió al sub Moisés como alegoría para significar al capitalismo actual. Y como dice Gustavo Esteva, bajo esas condiciones, la disputa electoral del 2018 se librará entre quienes aspiran a convertirse en capataces, mayordomos o caporales (1). Ninguno de ellos será patrón. Estarán a las órdenes de la clase capitalista transnacional que ha convertido lo que todavía llamamos Estado-nación en una “sociedad anónima” en la que los partidos representan a “grupos de accionistas”, no a la gente.

Las elecciones periódicas sirven para elegir un “consejo de administración” que velará por los intereses de la plutocracia internacional. La pregunta que se hace Esteva es si tiene sentido seguir jugando ese juego con la ilusión de “recuperar el Estado”.

En ese contexto, las nuevas formas de acción y de hacer política del CIG, el CNI y los zapatistas, con eje en la participación directa en la coyuntura electoral, buscará colocar la problemática de los pueblos indígenas en el centro de la agenda política nacional.
La iniciativa de una candidatura independiente, que desde octubre pasado fue discutida en el seno de 43 pueblos originarios de 523 comunidades de 25 estados del país, deriva de un pensamiento colectivo, de una práctica histórica de los pueblos y naciones indígenas que han utilizado distintas estrategias de lucha para asegurar su continuidad y autonomía.

Al margen de la partidocracia y la mestizocracia dominantes, esos sujetos políticos invisibilizados, negados históricamente en su capacidad de decisión, de hacer política y de pensar un proyecto incluyente (2), impulsan hoy una alternativa al sistema de representación hegemónico, deslegitimado y en crisis. Buscan construir un horizonte emancipatorio más allá de las modas y cimentar un poder de los de abajo, con una candidatura, la de Marichuy Patricio, que cuestiona el monopolio de la política y de la representación de la sociedad por los “profesionales” de los partidos clientelares y electoralistas.

Pero a la vez, la propuesta busca abrir un camino a la paz en el contexto de las diversas violencias de Estado −signadas por la corrupción, la impunidad y la simulación− como herramientas para la recolonización de territorios.

El problema, pues, no es votar o no votar; el problema es el capitalismo. Frente a la cultura de muerte del capital, el camino planteado es el de la resistencia organizada que toma ya cuerpo y perfil y se moviliza. La respuesta está en el aire y viene de abajo y a la izquierda.

Notas
(1) Ver Gustavo Esteva, “La finca amurallada”. La Jornada, 24 de abril de 2017.
(2) Ver Alicia Castellanos Guerrero y Gilberto López y Rivas, “La candidatura de una mujer indígena y el racismo en México”, Rebelión, 24 de octubre de 2016.

*Periodista y escritor uruguayo-mexicano. Nota publicada en Mate Amargo

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