Luis Britto García|

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El talento es independiente de la ideología; por eso el talentoso es más responsable que nadie de la que elige. En 1915 el fracasado granjero, tendero, actor y dramaturgo David Warck Griffith logra filmar una adaptación de la novela The clansman del reverendo Thomás Dixon, que se presenta con el título de The birth of a Nation, el nacimiento de una Nación. Varias cosas nacen con el desmesurado film. Es el primer largometraje: antes se creía que una película de más de una hora de duración le haría daño a los ojos. Es la primera superproducción: se reconstruyen reuniones políticas, cabalgatas, batallas. Es el primer uso sistemático del montaje en contrapunto entre acciones paralelas: la situación de peligro avanza, los rescatistas acuden a galope tendido; la damisela en apuros escapa: las tomas se alternan con las de su perseguidor. Es una de las primeras cintas abiertamente comprometida con una causa política. En este sentido, es un desastre.

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En efecto, la cinta es traducción visual de los prejuicios del esclavista reverendo Dixon. Representa un estadounidense Sur de Estados Unidos donde perros y gatos, amitos y esclavos conviven en amorosa armonía. Capitalistas norteños y amitas sureñas se enamoran noblemente; esclavos y abolicionistas caminan simiescamente, casi a cuatro patas. La Guerra de Secesión interrumpe tanta felicidad. Esclavos liberados pretenden hacerse elegir para cargos representativos y enamorar blancas. Uno de los amitos discurre que si los esclavos liberados tienen miedo de los fantasmas, hay que disfrazarse con sábanas blancas, lincharlos y quemarlos vivos. El día de las elecciones, un ejército de encapuchados jinetes del Ku Klux Klan rodea las covachas de los afrodescendientes y les impide salir a votar. Ha nacido una Nación: la del Prejuicio, el Racismo, la Intolerancia. Es la muerte de la Humanidad.

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Esta pesadilla es también el primer gran taquillazo: no sólo costea los extravagantes gastos de producción: la concesión para distribuirla le produce a Louis B. Mayer el dinero para fundar la Metro Goldwin Mayer, y los beneficios permiten a Griffith no ser esclavo de productores y estudios. Como esclavo liberado, intenta también elegir. En lugar del racismo, escoge el amor. En vez del prejuicio, selecciona la tolerancia. Lo único que no puede elegir es la mediocridad. Ya en 1916 estrena Intolerancia, o el amor a través de los tiempos. Es su obra maestra definitiva.

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A diferencia de El nacimiento de una Nación, Intolerancia no se confina en una época; abarca cuatro, que resumen la Historia Universal de la lucha del amor contra el prejuicio: la Caída de Babilonia; la Pasión de Cristo; la masacre de los protestantes en la Noche de San Bartolomé, la condena a muerte de un dirigente obrero. No desarrolla un solo estilo narrativo, sino cuatro: el barroco onírico, la sencillez evangélica, el expresionismo, el contemporáneo realismo. El trepidante montaje alterna acontecimientos separados por siglos: hay tomas de multitudes que duran segundos y cortes que nos saltan milenios: el cine domina todos los lugares y las épocas y los géneros en la aceptación total del fenómeno humano.

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Así como el discurso del prejuicio enriquece a Griffith, el del amor no cubre los costos de producción y lo arruina. Pero el primero crea sólo un procedimiento; el segundo una cosmovisión que nos hace entender que todas las historias, todos los seres, todas las técnicas pueden coexistir sin destruirse. Es posible cambiar del prejuicio al humanismo. Elijamos.

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