El corazón de Chávez

ALEJANDRO KIRK | Cuatro de febrero de 1992, tiempos de borrasca. Maturín, llanos orientales de Venezuela. Mi madre ha muerto hace menos de un mes. He viajado desde Italia, donde entonces trabajaba, para acompañar sus últimas semanas. En la madrugada tropical suena el teléfono: parece que hay un golpe de Estado.

Llegan amigos a casa, conectamos la radio, me autocastigo por no haber advertido los síntomas, y me autodisculpo de inmediato en el drama familiar.

Llamo entonces a mis colegas de la agencia IPS Caracas y me confirman: «hay un golpe de Estado fascista en marcha, el Presidente (Carlos Andrés Pérez) se fue Venevisión a alentar a la población. Acá estamos informando, si quieres nos ayudas».

– Voy para allá – respondo, le pido prestado el auto a mi papá y parto a las 4 de la mañana, sin saber si llegaría a alguna parte. No sé si iba por vocación o por no perderme la batahola. Da lo mismo: para ser reportero hay que ser copuchento.

Viajo en el ya anticuado Ford de mi viejo, los 500 kilómetros que me separan de Caracas, atravesando el llano, luego bordeando la costa caribe hasta adentrarme en las selvas de Barlovento, que preceden a las montañas de la capital venezolana. En el país del tráfico, una carretera solitaria. Encuentro gasolina por ahi, por suerte, poco antes de empezar el ascenso.

Allí comienza a funcionar la radio. El golpe está aun en marcha, pero las fuerzas leales al Gobierno parecen estar controlando la situación. El Congreso está reunido de emergencia. Escucho al veterano político David Morales Bello, de Acción Democrática (AD), el partido del presidente Pérez: denuncia el «fascismo» de los golpistas, los valores de la democracia, los derechos del pueblo, menciona a Pinochet.

Rafael Caldera

La ruta serpentea entre montañas y se va la señal. De pronto aparece en el eter el senador vitalicio y ex presidente socialcristiano Rafael Caldera, con otro cuento: no son fascistas, son oficiales jóvenes que representan un vasto malestar social, el descontento con una democracia falsa, que no cumplió las promesas de 1959, cuando cayó la última dictadura; un sistema que se hunde en en el fraude, el engaño y la deslegitimación de las instituciones.

Me quedo estupefacto: el viejo Caldera, en el esquema venezolano, estaba a la derecha de Morales Bello. Su partido, Copei, era el ala conservadora de la polìtica, y AD, el centroizquierda. Entre los dos gobernaron el país por 40 años, alternándose en el gobierno gracias a un pacto de no agresión firmado cuando la izquierda amenazaba con ocupar el poder, en los años 60; el Pacto de Puntofijo, una especie de binominal que demolió las pretensiones democráticas.

¿Qué bicho habrá picado a Caldera?, me pregunto ¿Será que está confabulado con los fascistas? No entiendo nada.

En eso entro a Caracas, la autopista Francisco Fajardo, cinco desiertas pistas por lado; veo unos aviones como moscas alrededor de la base aérea «Libertador», en La Carlota. Decido salir del campo de fuego y subo hacia la Cota Mil, todo vacío, desolado, el cielo nublado. No se escuchan tiros mientras observo desde lo alto esa ciudad difícil, querida y familiar.

Bajo por La Florida hacia la Avenida Libertador, y por primera vez en mi vida encuentro estacionamiento justo al frente de donde voy. Subo a la oficina de IPS, saludo a los colegas, que respiran alivio. «Se rindieron», me dice la compañera, pegada al televisor. Aparece entonces un milico huesudo, de rasgos aindiados y expresión grave, boina roja y fajina de combate, veo en sus hombros el grado de teniente coronel. Parece abatido.

Por ahora

Ese es el hijoeputa, informa mi colega. Y el «hijoeputa» habla:

«Primero que nada, quiero dar los buenos días a todo el pueblo de Venezuela y, este mensaje bolivariano va dirigido a los valientes soldados que se encuentran en el Regimiento de Paracaidistas de Aragua y en la Brigada de Valencia: Compañeros, lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital. Es decir, nosotros acá en Caracas, no logramos controlar el poder. Ustedes lo hicieron muy bien por allá, pero ya es tiempo de evitar más derramamiento de sangre. Ya es tiempo de reflexionar y vendrán nuevas situaciones y el país tiene que enrumbarse defintivamente hacia un destino mejor. 

Así que oigan mi palabra. Oigan al Comandante Chávez quien les lanza este mensaje para que, por favor, reflexionen y depongan las armas porque ya, en verdad, los objetivos que nos hemos trazado a nivel nacional, es imposible que los logremos. Compañeros, oigan este mensaje solidario. Les agradezco su lealtad, les agradezco su valentía, su desprendimiento, y yo, ante el país y ante ustedes, asumo la responsabilidad de este movimiento militar Bolivariano. Muchas gracias.»

Igual que al momento de escribir estas líneas, se me puso la piel de gallina: «yo, ante el país y ante ustedes, asumo la responsabilidad de este movimiento militar Bolivariano». ¿Cuándo se vio un jefe golpista asumiendo sólo la responsabildad de algo? ¿Cuándo se vio a un militar cautivo en ruta hacia décadas de prisión afirmar desafiante en televisión que «por ahora» nos fue mal?

La jefa de IPS-Venezuela me asigna la misión -decisiva para mí- de palpar el ambiente de la calle. Me dice: la solidaridad del pueblo con el Gobierno, el amor por la democracia, el rechazo a los golpes de Estado que tanto daño le han hecho a América Latina. Con la cara de Pinochet metida en la cabeza, tomé el carro y salí hacia el barrio 23 de enero, algo asi como la Villa Portales de Caracas, pero elevada a 10: grandes bloques de edificios concebidos por el arquitecto Carlos Raúl Villanueva en el espíritu de LeCorbusier, pero pauperizados por el capitalismo real.

Pueblo y milicos

El 23 de Enero -fecha que recuerda la caida de la última dictadura militar- está agitado, tenso. Por sus calles y parques circulan soldados y oficiales que huyen del Museo Militar, detrás de Miraflores, el palacio presidencial, que Chávez ocupó como cuartel general. Alguna gente les grita «vente p’acá, escóndete aquí». Otros les lanzan ropas civiles desde las ventanas, para que se cambien. Y asi a esos centenares de milicos se los tragan los edificios de 30 pisos del estigmatizado 23 de Enero, a vista y asombro de este reportero ¿Dónde está el pueblo defendiendo la democracia?

Camino por las avenidas y pregunto a los mirones por la democracia, por el presidente Pérez, por el Congreso de la República: «me sabe a mierda» es la respuesta más común. «Todos ladrones, asesinos».

Constato que en la memoria sigue fresca la masacre del 27 de febrero de 1989, cuando la aplicación de un paquete económico neoliberal generó una gigantesca rebelión popular con saqueos masivos. Pérez, el socialdemócrata, acorralado, mandó al Ejército a la calle, y hasta este día no se sabe cuántos fueron los muertos. No estaba perdonado Pérez, como él pensaba, ni por ese pueblo ni por los oficiales del Ejército empujados a disparar contra gente desarmada.

Regreso a la oficina con la cabeza convertida en licuadora. Escribo la crónica de lo que vi, la paso a la jefa, y escucho un grito de horror: «¡esto no es verdad!» Ella, fanática admiradora de Carlos Andrés Pérez, solidaria compañera de los exiliados chilenos y argentinos, no toleraba a los militares. Como muchos, hasta este sol de hoy, no vio en Chávez otra cosa que el uniforme y las botas de un milico. No vio los ojos resueltos de ese huesudo llanero, no adviritió en su voz el timbre de su pasión por Simón Bolívar y Ezequiel Zamora, el héroe popular de la lucha por la Federación.

Yo sí: pero en el 23 de Enero, en la larga caminata hacia la oficina por Sucre, la Pastora, Urdaneta y Libertador -el auto abandonado no sabía ya donde- comprendí por qué se me había erizado la piel unas horas antes. Supe por qué eso no era un golpe de Estado gorila, sino una rebelión.

El corazón de Chávez

Mi antiguo diario, El Diario de Caracas, tituló el dia 5: «POR AHORA», con la foto del entonces atlético paracaidista Hugo Chávez enfrentando la desgracia con tristeza y aplomo. Y esa portada me la llevé para Roma, y adornó el muro de mi cuarto en via Bolognesi hasta que dejé Italia, rumbo a un nuevo destino en Zimbabwe.

Chávez no es más el atlético comandante del regimiento más importante de Venezuela. Es el Presidente, elegido, reelegido y vuelto a elegir en medio del fervor de aquella misma gente que protegía a sus soldaditos asustados aquel 4 de febrero. Es Presidente y tiene cáncer. Su «por ahora» resultó profético, y por eso desde 1998, cuando el programa derrotado en 1992 se hizo Gobierno, ha enfrentado primero la seducción del dinero, y luego -fracasada la compra- el vandaval implacable de la oligarquía, del Imperio, de los izquierdistas de salón, de los izquierdistas del dogma, los arrepentidos, los acomodados, los racistas, los egoístas, los moderados, los sabelotodo.

Barrio Adentro, en los cerros pobres de las montañas caracas, vibra el corazón de Chávez. En cada rincón de dignidad conquistada vibra el corazón de Chávez: más allá de las viviendas, la salud, la nutrición, las escuelas, más allá del caos administrativo, las incoherencias o de la corrupción, más allá de la propaganda misma. Más allá incluso, tal vez mucho más allá, de la propia conciencia, vibra Chávez, en propios y adversarios.

Hay quienes andan celebrando por Caracas, y por acá, la posibilidad, real, de que muera. No saben que ese corazón de la patria que es Chávez, les dio tambien a ellos una razón potente para vivir. No saben que allí donde entró el tum-tum de ese corazón, se elevó el coeficiente intelectual, se levantó la mirada, se aprendió a pisar firme y sin miedo, se aprendió a ser ciudadano.

Puede morir Chávez, y puede que se desaten pasiones y ambiciones. Luchas cortesanas. Todo eso es posible. Lo que no es posible es el olvido. Aquellos que aprendieron a vivir no volverán a dejarse matar de a poco, gobierne quien gobierne. Es el corazón imbatible de Hugo Chávez.

 

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