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En octubre de 2013, en un momento de su discurso de solicitud de poder habilitante a la Asamblea Nacional, el presidente Nicolás Maduro citó un fragmento de Crédito, Fe y futuro, un texto del filósofo italiano Giorgio Agamben que nos habla sobre los efectos perversos que ejerce el poder financiero y particularmente el endeudamiento, tanto sobre la vida presente de los países y las personas, como –especialmente– sobre sus vidas futuras:

“La Banca, con sus grises funcionarios y expertos, ha ocupado el lugar que dejaron la Iglesia y sus sacerdotes. Al gobernar el crédito, lo que manipula y gestiona es la fe: la escasa e incierta confianza que nuestro tiempo tiene aún en sí mismo. Y lo hace de la forma más irresponsable y sin escrúpulos, tratando de sacar dinero de la confianza y las esperanzas de los seres humanos, estableciendo el crédito del que cada uno puede gozar y el precio que debe pagar por él (incluso el crédito de los estados, que han abdicado dócilmente de su soberanía). De esta forma, gobernando el crédito gobierna no solo el mundo, sino también el futuro de los hombres, un futuro que la crisis hace cada vez más corto y decadente. Y si hoy la política no parece ya posible es porque de hecho el poder financiero ha secuestrado por completo la fe y el futuro, el tiempo y la esperanza”.

Hoy, a cuatro años y más de 71 mil millones en pagos de capital e intereses de deuda después de ese discurso, los venezolanos y las venezolanas podemos dejar constancia de lo cierto que resultaban aquellas reflexiones. Cuatro años de desembolsos que no solo han significado enormes sacrificios como sociedad, sino que, de hecho, no se han visto retribuidos y más bien han supuesto la intensificación de una extorsión económica con fines netamente políticos: el riesgo país hoy es más alto que en cualquier otro momento; el bloqueo financiero-comercial que hace cuatro años estaba en ciernes y era velado, ahora es manifiesto y hasta descarado.

Los anuncios por parte del presidente Maduro de ordenar la reestructuración y el refinanciamiento de la deuda constituyen, en este sentido, una luz en medio del túnel de uno de los capítulos más oscuros en lo que a endeudamiento de un país refiere y de uso de dicho endeudamiento como arma en su contra. Pero, por eso mismo, no debería limitarse dicho llamado a buscar las formas menos traumáticas de seguir pagando: deberían ser expuestos y hechos de conocimiento público los mecanismos a través de los cuales se contrajo dicha deuda, lo que implica determinar las responsabilidades a que haya lugar. Y esto último no solo supone determinar las responsabilidades de funcionarios públicos. Pues así como los venezolanos y las venezolanas tenemos derecho a saber quiénes nos endeudaron y por cuáles razones, también tenemos derecho a saber a quiénes debemos, cuánto debemos, cómo y a quiénes hemos pagado, y desde luego, qué tan legítima es esa deuda.

Ahora, de lo otro que tenemos que estar conscientes es que esta medida de ejercicio de soberanía no está exenta de amenazas. En primer lugar, porque por más soberana que sea, se toma en un mundo donde las soberanías nacionales cada vez importan menos, pues de eso se trata justamente la hegemonía y la dominación del capital financiero. Por poner un caso reciente, a Grecia la hundieron los bancos incluso luego de que el pueblo griego mayoritariamente votó en contra del chantaje de los bancos en un referéndum popular. Por otra parte, existen unas sanciones impuestas unilateral y arbitrariamente por el gobierno norteamericano, que expresamente prohíben al país y a sus acreedores actuales y futuros renegociar los términos de los compromisos pendientes. Lo que esto significa, en dos platos, es que el país queda expuesto a embargos de sus bienes, tanto si el gobierno norteamericano lo decide como si opera la demanda de algún acreedor que considera lesionado sus intereses. Si el caso es que hay acreedores de fondos especulativos llamados buitres o hold-out –que es lo más probable– este riesgo es exponencialmente mayor.

Esta misma consideración debe hacerse si el caso es que los compromisos aún pendientes los tenemos con países aliados, como por ejemplo China. Pues más que la voluntad o no de ayudarnos, prela en el contexto global de las sanciones aquellas a las que se ve expuesto quien pretenda hacerlo (esto, sin entrar en consideraciones sobre los términos de dicha ayuda).

Por último, pero no menos importante, no está de más destacar que en lo concreto el presidente Maduro lo que llamó fue a una comisión dirigida por el vicepresidente para iniciar el refinanciamiento y reestructuración de la deuda (vicepresidente objeto de sanciones por Estados Unidos al igual que el actual ministro de Finanzas, lo que no es solo un detalle). En condiciones normales –es decir, sin sanciones– todo acto de refinanciamiento implica, de por sí, un acuerdo de partes (o sea, el acreedor como puede aceptar puede también negarse).

Mientras que la reestructuración suele ser unilateral e impuesta por el deudor, lo que no implica que el acreedor no tenga alternativas para presionar o ejecutar los pagos pendientes, todo lo cual se magnifica, como dijimos, en el marco actual de las sanciones. Por lo demás, el simple llamado a armar la comisión seguramente desatará todo un movimiento especulativo sobre los bonos venezolanos de deuda, lo que podría implicar que se vayan a la baja constituyendo una oportunidad de oro para recomprar al menos los de más inmediato vencimiento (suponiendo –claro– que tengamos recursos para ello). El problema es que como esto es un ajedrez donde los otros también juegan, lo más probable es que todo eso ya lo tengan previsto.

Solo esperamos que de este lado también lo tengan previsto, al tiempo que haya plena consciencia de que los chantajes arreciarán. Seguramente subirá aún más el riesgo país y se especulará más contra las importaciones y los precios, se disparará el dólar today, etc., sobre todo en la medida en que la comisión más se tarde en llegar a acuerdos y porque evidentemente son mecanismos para “ablandar” la parte venezolana. No se trata de ser fatalistas, sino de ser claros en cuanto a los costos que supone estar en medio de una guerra, como el gobierno es el primero en decir. O como dirían los chinos, los tiempos interesantes suelen ser siempre los más difíciles: bienvenidos a tiempos interesantes.

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