Cristina Bastidas|

Los gobiernos progresistas no pueden avanzar si tratan de ocultar sus problemas de corrupción, su crisis de conexión con la sociedad, su falta de imaginación para brindar alternativas al modelo primario-exportador. En este momento es necesario hacer una profunda autocrítica y transformación.

Alianza País es de nuevo el epicentro de la política ecuatoriana, que gravita hacia la derecha como ha sucedido en el escenario geopolítico de toda la región. Macri en Argentina y Temer en Brasil son los mejores ejemplos de ese giro en Sudamérica. En este nuevo contexto, los escándalos de corrupción a escala transnacional priorizan escarbar las manchas acumuladas por los gobiernos populistas de izquierda y reacomodar a las élites económicas en el Estado.

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Lo que hoy acontece en Ecuador sucede de manera paralela en otros países latinoamericanos: poblaciones desencantadas con los logros todavía parciales de los gobiernos populistas que gobernaron la última década, insatisfacción ciudadana con los problemas de corrupción en el Estado y una judicialización de la política con jueces o parlamentos que hacen la vista gorda a otros problemas fundamentales e igualmente juzgables como los paraísos fiscales, los abusos de las transnacionales y el capital global, las transferencias sur – norte y la corrupción de las derechas tradicionales.

Desregulación, disminución de la inversión social, discurso cosmopolita de libertades, el pago de la deuda externa y lucha contra la corrupción como preocupación pública fundamental; serán, entre otros, los hilos programáticos que acompañarán el nuevo momento. Frente a este escenario, especialmente en Ecuador donde el giro a la derecha no ha sido total por el momento, es necesario complejizar los problemas actuales, salir del análisis simplista centrado en la corrupción que hoy es mediatizado e intenta convertirse en el paradigma para comprenderlo todo. Ello no implica ignorarlo o reducirlo, lo que se requiere es hacer un ejercicio intelectual sensato para enmarcarlo en un contexto más amplio y situarlo en su justa dimensión.

Un análisis más sensato de la realidad actual en Ecuador debe entender a la globalidad capitalista actual como la condición más importante para entender nuestros problemas comunes en Latinoamérica. Los problemas de las democracias latinoamericanas actuales ya no puede entenderse en el marco tradicional de Estado – nación. Los escándalos de corrupción transnacional (como el de la organización global de origen brasileño, Odebrecht) que han sido priorizados en la agenda mediática y otros temas adicionales menos visibles pero igualmente importantes como la extensión del capitalismo transnacional extractivo que expropia de sus territorios a poblaciones y comunidades, la mayor influencia de las compañías transnacionales que manejan presupuestos mayores que los propios estados en la política doméstica, la presencia de redes mundiales financieras que permiten el escape de millones de dólares de los quintiles más ricos en paraísos fiscales y por tanto la evasión de impuestos en el nivel nacional son, todos, fenómenos que escapan a la definición de Estado territorialmente delimitado y quizá las problemáticas más importantes de la actualidad.

El problema fundamental radica entonces en que dadas las condiciones actuales del sistema capitalista global que vulnera más que nunca a poblaciones, especialmente en los países del sur global; la institucionalidad pública latinoamericana llamada a garantizar derechos, generar instituciones del cuidado, proteger a los menos privilegiados de los abusos de las élites, regular a las transnacionales y los mercados financieros internacionales; debería ser fortalecida y reimaginada.

Resultado de imagen para odebrecht ecuadorParadójicamente, es hoy cuando los problemas de corrupción transnacional y la mediatización política de los mismos minan la legitimidad de los estados del sur y su posibilidad de institucionalizarse tan necesaria para los más afectados por el nuevo rostro del capitalismo global. La globalidad genera problemas y nuevas injusticias y los débiles estados latinoamericanos son los únicos que rinden cuentas de problemas globales, lo cual está socavando su institucionalidad.

Así, en otras palabras, nuestros países están insertos en una globalidad que impone serios límites a su capacidad de acción y, al mismo tiempo, ante la urgencia de mayores niveles de institucionalización para la protección de los más vulnerables frente a un sistema global violento que los afectará hoy más que nunca. Ese es desde mi punto de vista el escenario complejo desde donde podemos redimensionar los escándalos de corrupción y desde donde podemos entender los problemas de la política local en Ecuador. Por tanto, en este contexto, deslegitimar todo lo público en nombre de la corrupción es un riesgo fundamental, también reducir la institucionalidad pública estatal y ponerla bajo el control de las élites tradicionales, así como la falta de nuevas visiones y paradigmas para comprender los problemas de hoy en el seno de las izquierdas.

Un primer elemento crucial, es entonces la defensa de los márgenes de autonomía del Estado frente a las élites tradicionales logrado con la reforma del Estado realizada hace una década. El post-neoliberalismo ecuatoriano logró cierto margen de acción en el Estado porque logró ampliar su autonomía frente a la banca, los partidos mercantiles tradicionales, las élites tradicionales. Resultado de imagen para presidente lenin moreno con empresarios

La tendencia mundial del sistema económico en la actualidad privilegia la cooptación de las élites económicas en la institucionalidad pública, porque el sistema global ha engendrado – con su esquema de hiper-acumulación- una clase económica poderosa que es capaz de comprar las democracias (tener voz privilegiada en los medios, comprar votos, ganar influencia en el diseño de la política pública y de las regulaciones).

Donald Trump, el magnate estadounidense, ahora presidente de Estados Unidos es la ejemplificación más nítida de esa tendencia, también los nuevos millonarios latinoamericanos como Macri que lideran el giro hacia la derecha. En ese contexto, la entrega que Lenin ha hecho de instituciones públicas como las empresas eléctricas y El Telégrafo así como la voz privilegiada que ha dado a las cámaras para discutir los cambios en las regulaciones sobre paraísos fiscales y de plusvalía debe ser profundamente cuestionada. Permitir que las élites económicas retomen el control del Estado es la forma tradicional de corromper nuestra institucionalidad pública y el acto más desleal y corrupto con los ciudadanos comunes con los cuales también se debe dialogar.

Igualmente importante es la necesidad de abrir un momento de profunda reflexión en el seno de la izquierda que no ha gobernado en la última década y que ha sido portadora de banderas legítimas como el anti-extractivismo, el ecologismo, los temas de género. Esta izquierda Resultado de imagen para parlamento ecuatoriano 2017precisa asumir los límites que ha tenido para dar alternativas al complejo momento histórico actual y su debilidad en cuestionar la mundialización capitalista brutalmente violenta que explota recursos naturales, trabajo y enriquece a pocos en el mundo.

Por el contrario, la izquierda ecuatoriana ha optado por el más puro estilo liberal de dudar de lo público, situar todas sus demandas en el Estado nacional y en los populismos (por su resentimiento necio con estos gobiernos), asumir las banderas de lucha de la derecha, creer que las transformaciones – como el cambio de matriz productiva- se hacen en microondas y entenderlo todo con el paraguas limitado de la corrupción. Esto no sólo que es menesteroso intelectualmente sino que los somete al aislamiento y a la esterilización de sus propuestas. Es necesario que se pregunten con mayor humildad a quién y para qué ha servido su crítica insaciable centrada de lo público estatal en un mundo caracterizado por un capitalismo global violento.

Finalmente, en este contexto donde debemos redimensionar nuestras problemáticas: Alianza País en Ecuador debe asumir con mayor seriedad su capacidad de autocrítica. Si la nueva cara de la derecha es esconder sus manchas de corrupción, insistir en no pagar impuestos, cooptar el Estado, esconder sus dineros en paraísos fiscales y utilizar jueces y las instituciones públicas – una vez que han retomado su control- para perseguir la corrupción del otro lado; los gobiernos populistas no pueden pretender llegar a otro lugar escondiendo sus propios problemas de corrupción, su crisis de conexión con la sociedad a la cual han desencantado progresivamente, la elitización en la que han caído, su falta de imaginación para brindar alternativas al modelo primario-exportador, la pérdida de horizonte programático por su excesiva energía puesta en la conflictividad política y en la auto-defensa.

Ahora pues, no es por tanto un momento de lealtad con los amigos– aunque estos hayan sido corruptos- sino de profunda autocrítica y transformación. Asumir sus errores y límites programáticos, convocar a nuevas generaciones, diseñar nuevas propuestas de democratización social y política en un escenario de crisis económica mundial, re-vincularse con sus bases, entender con mejor ojo la sociedad actual a la que pretenden gobernar y resolver su problema de liderazgo son elementos urgentes de una nueva agenda.

*Licenciada en ciencias de la educación y socióloga, investigadora del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Amsterdam

 

 

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