Carlos Taibo-kaosenlared|

Hermosa democracia ésta en la que nuestros gobernantes, y con ellos sus apoyos vergonzantes, se disponen a procesar personas, arrancar carteles, destruir urnas y, acaso, pasear tanques por las calles.

Muchas veces me he topado, en Madrid, y normalmente en una barra de bar, con la misma conversación. Alguien afea, a menudo con argumentos respetables, la conducta de los nacionalistas vascos, catalanes o gallegos. Intervengo para señalar que los vicios identificados se revelan también en la ciudad en la que estamos, y con frecuencia con los mismos perfiles. El interpelado aclara rápidamente que, si hay un nacionalismo que le repugna por encima de todos, ése es el español. Pregunto entonces, ahora sin respuesta, por qué siempre que mi interlocutor hurga en los vicios, supuestos o reales, de los nacionalismos, los ejemplos que encuentra los procura en Bilbao, en Barcelona o en Santiago, y no en el lugar, Madrid, en el que conversamos.

Los últimos días, y al calor de las disputas que levanta el referendo catalán, me he encontrado varias veces con un remedo de la historia anterior. Alguien, quien sea, muestra un empeño singular en señalar que el referendo que se anuncia en Cataluña, a más de ilegal, no aporta garantías de limpieza y equidad. Tiene gracia que semejante argumento, aceptable en sí mismo, no se vea acompañado de otro que subraye que si el referendo en cuestión está lleno de dobleces, ello es así por la impresentable actitud de los gobernantes españoles y de sus corifeos, y no por el deseo expreso y malévolo de quienes lo convocan.

Las cosas así, las víctimas de una conducta tan ultramontana como antidemocrática se nos presentan, curiosamente, como si fuesen los responsables de un sinfín de manipulaciones arteras. Cuando uno recuerda esto, recibe, eso sí, la misma respuesta, vacía y estéril, de la conversación de la barra de bar: «No te confundas, que yo no defiendo lo que hacen Rajoy, Sánchez y Rivera» (y, por lo que se ve, Iglesias). No lo defiendes, no, pero ni lo contestas ni lo computas.

El círculo malsano se cierra cuando, de la mano de silencios como el invocado, se da a entender que la convocatoria del referendo catalán está fuera de lugar por cuanto, además de faltar en él garantías elementales, «no va a servir para nada». Pareciera de nuevo como si por detrás estuviese la sugerencia de que en modo alguno se han agotado las vías de consenso al respecto o, lo que es lo mismo, como si los representantes del PP, del PSOE y de Ciudadanos hubiesen hecho algún guiño a la perspectiva de una reforma constitucional que abra el camino al reconocimiento del derecho de autodeterminación. No hay, sin embargo, ni un solo dato que invite a llegar a semejantes conclusiones. Y muchos que obligan a certificar que el nacionalismo de Estado, esencialista a más no poder, ha decidido cerrar el camino para siempre, orgullosamente, a cualquier discusión sobre esta unidad de desatino en lo universal en la que estamos. ¿Qué es entonces el referendo catalán sino un elemental ejercicio de desobediencia civil ante un escenario infumable?

Hermosa democracia ésta en la que nuestros gobernantes, y con ellos sus apoyos vergonzantes, se disponen a procesar personas, arrancar carteles, destruir urnas y, acaso, pasear tanques por las calles. Con su miedo a que se haga evidente que el rey está desnudo, siguen dándole alas a quienes, en Cataluña y en otros lugares, piensan que merecemos otra cosa.

*Escritor, editor y profesor titular de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid.Fuente:http://kaosenlared.net/ese-maldito-referendo-sin-gar

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