Camino al aeropuerto de San José de Costa Rica, se pasa por la segunda ciudad de este sui generis país centroamericano, Alajuela. Era un domingo que no se decidía a llover o a permitir la salida del sol, pero en la que, seguramente como todos los domingos, indistintamente con lluvia o con sol, los alajuelenses se preparaban a la celebración de la vida en comunidad.

En la primera plaza está la estatua de Juan Santamaría, el héroe nacional tico, realizada con mucha imaginación por el francés Aristide Croisy hace 125 años. Juan era tambor del ejército costarricense quien en acto heroico ofrendó su vida, quemando el mesón de Rivas, y ayudando a que sus compañeros de armas batieran en 1856 al filisbustero estadounidense William Walker, quien quería esclavizar a los pueblos centroamericanos. Lo único que pidió, es que cuidaran de su madre. El modelo que usó Croisy para la estatua, realizada en Francia, financiada por suscripción nacional en 1887 (y completada por aporte del fisco), fue un joven militar que ya había trabajado con él para anteriores monumentos y evidentemente, nada tiene que ver con los rasgos mulatos de Santamaría, a quien apodaban El Erizo, por su cabello ensortijado..

En 1891 se le empezó a idealizar como héroe nacional en medio de una época determinante para la formación de la identidad costarricense. Desde entonces se ha bautizado con su nombre al principal aeropuerto, al Museo Histórico Cultural de Alajuela, y se le han consagrado obras literarias, musicales y de artes plásticas, además de múltiples estudios de carácter histórico, en parte motivados porque, a lo largo de los años, desde las clases dirigentes se ha cuestionado hasta su existencia, e insisten en considerar al cafetalero expresidente Juan Rafael Moras Porras como héroe nacional.

Juanito Mora, hombre de Estado de la clase cafetalera (al cual llegó a cuestionársele su probidad moral en los negocios), asumió posiciones nacionalistas en la gesta que, para los costarricenses, se ha transformado simbólicamente en la corroboración de su decisión de ser independientes.

Pero la figura de Juan Santamaría no alcanza en la actualidad para erigirse en ejemplo a seguir en la era neoloiberal; por lo tanto, han surgido o salido de la oscuridad otros héroes que están más acordes con los tiempos que corren. Uno de ellos es el astronauta de la NASA Franklin Chang Díaz, que responde a las mil maravillas con el hombre modelo emprendedor, empresario, triunfador y selfmademan que el neoliberalismo necesita promover entre la juventud que sigue cursos de emprendedurismo en universidades y colegios.

Es interesante ver cómo si el humilde Juan se enfrentó a los filibusteros provenientes de los Estados Unidos y en ese enfrentamiento perdió la vida, nuestro astronauta modelo hoy no solo no se enfrenta a la gran potencia del norte sino que vive en ella, triunfa en ella, asume su nacionalidad (la estadounidense) y va al espacio portando su bandera en el hombro. Franklin Chang tiene, al igual que el erizo en Alajuela, su propia estatua conmemorativa, pero que ésta es una estatua posmoderna en el Museo de los Niños, recuerdan los académicos Rafael Cuevas y Andrés Mora.

Uno de los aspectos diferenciadores del panteón de los héroes de los costarricenses en el contexto latinoamericano ha sido hasta ahora, precisamente, el haber destacado a un humilde soldado anónimo, salido de las huestes de los desposeídos, y no a un general, a un presidente o, en general, a un criollo perteneciente a la élite que le disputaba el poder a los peninsulares. El 11 de abril de 2011 marca la fecha en la cual Juan Santamaría es oficialmente declarado como héroe nacional, a pesar de que la fiesta cívica en su honor se celebraba ritualmente desde 1915. ¿Será que la burocracia tardó tanto en entrerarse?

Era domingo amenazante de lluvia, y en la Plaza Juan Santamaría, un numeroso grupo de estudiantes, con xilófonos, tambores, trompetas, ensayaban con la banda con la que alegrarían las fiestas alajuelenses. Sonido y movimiento, alegría y esperanza, celebración juvenil de la vida en comunidad. Juan Santamaría, un joven de cuna humilde dispuesto a dar la vida por la libertad de su pueblo, miraba desde la absurda estatuta del francés, cómo lo rodeaba una nueva generación, con su música y alegría.

Apenas cien metros más adelante, está la plaza principal, conocida como el Parque de los Mangos. Allí se congregaban en los bancos, resguardándose de la llovizna bajo los mangos, numerosas personas, en su mayoría mayores o lo que los cronistas suelen llamar de la tercera edad. Hasta que escampó. Entonces, los integrantes de la pequeña orquesta –guitarra, marimba, batería y rascador- comenzaron a secar los instrumentos, conectar el equipo de sonido y regalar a una plaza muy concurrida, varias piezas populares.

Ni lentos ni perezosos, como movidos por un resorte, parejas formales o causales, salieron a echar un pie, a bailar, mostrando su sorprendente destreza, en una celebración adultomayor de la vida en comunidad.

Aram Aharonian

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